México y Estados Unidos: Una relación diplomática entre la cooperación y la tensión política
- 28 oct 2025
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Sofía Pizarro Muñoz
Donald Trump reaviva el debate sobre el acuerdo bilateral sobre seguridad, migración y comercio, tras sus palabras. En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum busca preservar una relación basada en la cooperación sin ceder soberanía. No obstante, la retórica de Trump, cargada de cálculo político, vuelve a poner a prueba la frágil estabilidad entre ambos gobiernos.

Claudia Sheinbaum, presidenta de México, y Donald Trump, presidente estadounidense. / AP.
La relación entre México y Estados Unidos vuelve a tensarse en plena negociación de un nuevo acuerdo sobre seguridad, migración y comercio. Mientras ambos gobiernos intentan cerrar los detalles de ese pacto (clave para renovar la prórroga arancelaria y reforzar la cooperación fronteriza), las declaraciones del expresidente Donald Trump han abierto de nuevo el debate.
Durante un acto en Texas, Trump aseguró que “México está gobernado por los cárteles”, una afirmación que reaviva la retórica de su primera administración en el poder y pone en entredicho la capacidad del Gobierno mexicano para controlar la violencia interna. En contraste, el republicano calificó a la presidenta Claudia Sheinbaum de “valiente”, marcando un tono ambiguo entre la crítica y el reconocimiento político.
Sus palabras llegan en un contexto delicado, ya que los secuestros aumentaron un 5,5% en el último año, con más de 2.000 casos registrados, según datos de la organización Alto al Secuestro. En paralelo, ambos países intentan redefinir su relación diplomática bajo un equilibrio cada vez más frágil entre cooperación y desconfianza.

Enrique Peña Nieto, expresidente mexicano (2012-2018), y Donald Trump, presidente estadounidense, durante una reunión en la residencia oficial de Los Pinos de Ciudad de México en 2016. / AFP, Getty Images.
Y es que a tensión entre Donald Trump y México no es reciente. Desde su primera campaña presidencial, el republicano convirtió al país vecino en un eje de su narrativa política. Más que un socio comercial, lo presentó como un adversario simbólico: Un territorio desde el que llegaban los problemas que, según él, amenazaban la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos.
Durante su mandato (2017-2021), esa retórica se tradujo en medidas concretas. Trump hizo de la frontera sur el emblema de su gobierno, prometiendo la construcción de un muro y endureciendo la política migratoria. Su discurso, centrado en la idea de “proteger” al país, reforzó la percepción de México como un espacio de riesgo y descontrol.
En el ámbito económico, el republicano utilizó los aranceles como herramienta de presión. En 2019, amenazó con aplicar tarifas del 5% a todas las exportaciones mexicanas si el gobierno de Andrés Manuel López Obrador no contenía el flujo migratorio hacia Estados Unidos. La medida nunca llegó a aplicarse, pero logró su objetivo, es decir, obligar a México a desplegar fuerzas en la frontera sur y asumir parte del control migratorio que Washington exigía.

Claudia Sheinbaum en el Palacio Nacional el 23 de octubre. / Agencia EFE.
Claudia Sheinbaum llegó a la presidencia de México en 2024, tras una campaña marcada por la continuidad y el reto de mantener la legitimidad del proyecto iniciado por Andrés Manuel López Obrador. Candidata del partido oficialista Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Sheinbaum (doctora en Física e Ingeniería Ambiental, ex jefa de Gobierno de Ciudad de México y primera mujer en ocupar la presidencia del país) se impuso en las urnas con una amplia ventaja frente a la oposición conservadora. Su ascenso fue interpretado como una reafirmación del llamado obradorismo, pero con un matiz técnico y menos confrontativo.
A diferencia de su antecesor, Sheinbaum apostó por un estilo más institucional, buscando equilibrar el discurso social de la 4T (Cuarta Transformación) con una gestión basada en la ciencia, la eficiencia administrativa y el consenso diplomático.
Su trayectoria académica y política le otorgó credibilidad entre sectores urbanos y de clase media, mientras que su lealtad al proyecto de López Obrador garantizó la continuidad del voto popular. Sin embargo, su llegada al poder también planteó desafíos inmediatos, como la presión por reducir la violencia, sostener la economía ante las tensiones comerciales con Estados Unidos y reafirmar la independencia de México en materia energética.
En el terreno internacional, Sheinbaum heredó una relación ambivalente con Washington, marcada por la cooperación en migración y seguridad, pero atravesada por la desconfianza. Consciente de ese delicado equilibrio, la presidenta ha buscado mantener un tono diplomático firme pero prudente, proyectando una imagen de diálogo sin ceder soberanía. Su mayor reto, no obstante, es interno: demostrar que la estabilidad y la seguridad pueden sostenerse sin renunciar a los ideales sociales que la llevaron al poder.

Donald Trump en una conferencia de prensa en la Casa Blanca este 23 de octubre. / AP.
Por otro lado, las palabras de Donald Trump, funcionan como un encuadre político que simplifica un fenómeno complejo y lo traduce en una imagen de caos. Con esa frase, el expresidente sugiere que el crimen organizado ha desbordado las estructuras del Estado, especialmente en regiones donde los grupos criminales controlan economías locales, policías municipales o rutas logísticas. En su discurso, México deja de ser un socio y pasa a ser un riesgo: Un territorio donde el orden depende de fuerzas ilegales y donde Estados Unidos debe “intervenir”, o al menos imponer condiciones.
No obstante, detrás de la retórica hay también presión diplomática y cálculo electoral. Trump utiliza el tema de la violencia en México para reforzar su narrativa de frontera en crisis, justificando políticas más duras en migración y comercio. Este tipo de declaraciones suelen preceder a acciones concretas (amenazas arancelarias, cooperación condicionada o incluso la propuesta de clasificar a los cárteles como organizaciones terroristas), con las que busca proyectar firmeza ante su base conservadora sin comprometerse todavía en decisiones oficiales.
Desde el Gobierno mexicano, la respuesta de Claudia Sheinbaum intenta mantener un equilibrio entre la colaboración y la defensa de la soberanía. Su administración ha reforzado la cooperación en materia de seguridad (intercambio de inteligencia, extradiciones y vigilancia fronteriza), pero al mismo tiempo insiste en que la violencia no es un problema exclusivamente mexicano. Sheinbaum ha subrayado que el narcotráfico y el tráfico de armas son fenómenos transnacionales que también involucran la demanda y el dinero estadounidense. En público, evita la confrontación directa con Trump y centra su discurso en la necesidad de una cooperación “en pie de igualdad”, sin imposiciones unilaterales.
El resultado es una relación marcada por la desconfianza y la asimetría. Mientras México intenta proyectar estabilidad política y controlar la violencia interna, Washington mantiene un tono de advertencia. En términos de imagen internacional, la idea de un país “gobernado por los cárteles” debilita la reputación mexicana y puede traducirse en mayores controles comerciales, más verificación fronteriza y una diplomacia condicionada por la seguridad. Los datos, sin embargo, muestran un panorama más matizado, ya que el incremento de secuestros y extorsiones no es uniforme, y la violencia se concentra en ciertos estados donde las capacidades locales siguen siendo limitadas.
En última instancia, el reto para México será convertir la cooperación con Estados Unidos en una relación de corresponsabilidad, no de subordinación. Para Washington, la prioridad es contener el flujo de drogas y migrantes; para México, lo es preservar su soberanía sin aislarse. Entre ambos objetivos se mueve la política bilateral, una cuerda tensa que combina pragmatismo, desconfianza y necesidad mutua, donde cada palabra de Trump puede alterar el equilibrio.




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