Irán y Estados Unidos, una escala de grises
- 2 abr
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Isaac Chavida Sánchez-Garnica
Para entender el conflicto geopolítico entre Irán y EE.UU., hay que despojarse de la visión sensacionalista que nos sofoca día a día. El tablero del orden mundial no es la paleta de un pintor donde existen blancos y negros. No hay un bueno y un malo. Lo que existen son países que defienden sus intereses. Pero para poder posicionarse, es recomendable entender el conflicto y no afrontar los conflictos como un derbi madrileño, donde cada persona apoya incondicionalmente a un bando como si fuera un equipo de fútbol. En la política no hay que juzgar al anciano que lleva su bastón del revés, sino investigar para entender por qué no lo lleva derecho.

Imágenes sobre las protestas israelíes en contra de Estados Unidos, tras la muerte de Qasem Soleimani. / BBC.
El origen de este conflicto lo encontramos en 1953, cuando EE.UU. organizó un golpe de estado contra el, entonces, primer ministro, Mohammad Mossadegh. El objetivo era someter al país bajo una marioneta americana. Mohammad Reza Pahlavi, conocido como “El Sah”. Esta estrategia tenía como objetivo cortar la nacionalización del petróleo iraní. Estados Unidos tenía miedo de que en un futuro pudieran aliarse con la Unión Soviética (URSS) y decidió actuar de manera preventiva. En plena lógica de la Guerra Fría, la Unión Soviética contaba con más peso en las acciones estadounidenses que las propias políticas americanas.
A pesar de que El Sah abogaba por convertir a Irán en la "Suiza de Oriente Medio" (un país moderno, universidades punteras y mucha tecnología) tenía un problema, y es que era un dictador. Gobernaba con una policía secreta (la SAVAK) que torturaba a cualquiera que se quejara, y mientras él disfrutaba de los lujos del poder, gran parte del pueblo se revolcaba en la pobreza.
Por ello, en 1979 estalló la revolución islámica, provocando la huida de El Sah. En dicho vacío de poder emergió la figura de Ruhollah Jomeini, un Ayatolá (el título máximo para un sabio religioso) que vivía exiliado en Francia. Si El Sah era el lujo y la imitación de lo americano, Jomeini era la austeridad y el orgullo de lo propio. No necesitaba redes sociales para movilizar a un país; le bastaron cintas de casete grabadas con sus discursos que circulaban de mano en mano por los bazares de Irán como si fueran tesoros prohibidos. Su mensaje era sencillo: Irán no necesitaba a Estados Unidos para ser grande.
Al regresar en 1979, Jomeini no solo cambió un gobierno, sino que instaló una teocracia. Las leyes ya no nacían sólo de los políticos, sino de la interpretación de los textos sagrados, y el clérigo más sabio (el propio Jomeini) pasó a tener la última palabra sobre todo. Para sus seguidores, fue el hombre que devolvió la dignidad a una nación que se sentía humillada por el extranjero. Para Washington, fue el inicio de una pesadilla, porque de la noche a la mañana, su mejor aliado en la región se convirtió en un enemigo que los llamaba "El Gran Satán".
Esta rivalidad entre Washington e Irán toma un rumbo fijo hasta que en 2015, Obama establece un pacto con Irán. El entonces presidente de los Estados Unidos acepta permitir a Irán vender petróleo si ceden en sus esfuerzos de enriquecer uranio para elaborar bombas nucleares.
No obstante, en 2018, Donald Trump inaugura su primer mandato rompiendo el pacto, negándoles la independencia petrolera. Esta ruptura del pacto no fue solo un cambio de política, sino el inicio de una asfixia financiera que ha terminado por erosionar los cimientos de la sociedad iraní. En 2026, la estrategia de "máxima presión" ha mutado en una colisión frontal. Tras el regreso de Trump a la Casa Blanca en 2025, el margen de maniobra diplomática se evaporó. El argumento para el bombardeo del pasado 28 de febrero fue la inteligencia técnica. Irán habría alcanzado el 90% de enriquecimiento de uranio, el umbral crítico para el uso militar (fuentes oficiales solo confirman el 60%). Washington justificó el ataque bajo la doctrina del "ataque preventivo", buscando desmantelar la capacidad nuclear de Teherán (Irán) antes de que el país se volviera una potencia intocable como ya pasó con Corea del Norte.
Sin embargo, este conflicto se entiende mirando la fractura interna de Irán. El país que recibió el impacto de los ataques no era un bloque monolítico, sino una sociedad en quiebra del contrato social. La teocracia que había nacido para devolver la soberanía al pueblo se ha transformado en un sistema donde la represión es la única herramienta de cohesión. Las protestas lideradas por mujeres bajo el lema "Mujer, Vida, Libertad" no fueron un evento aislado, sino el síntoma de una generación joven y universitaria que se niega a vivir bajo los códigos morales de 1979.
La crisis de legitimidad alcanzó su punto de no retorno con la sucesión del Líder Supremo. Tras el fallecimiento de Alí Jameneí, la designación "a dedo" de su hijo, Mojtaba Jameneí, el pasado 8 de marzo, ha sido interpretada por gran parte de la población como una traición al espíritu republicano de su propia revolución. Pasar de una monarquía de reyes a una dinastía teocrática ha dejado al régimen en su momento de mayor debilidad interna, justo cuando se enfrenta a su mayor amenaza externa.
En el plano global, el conflicto ha dejado de ser una cuestión regional para convertirse en una amenaza sistémica. El Estrecho de Ormuz actúa ahora mismo como un estrangulamiento de la economía mundial; un pasillo de apenas 33 kilómetros por donde transita el 20% del petróleo del planeta y que Irán utiliza como su último mecanismo de defensa. Al sembrar de minas estas aguas, Teherán no sólo responde a los misiles, sino que lanza un órdago al sistema energético global: si el régimen cae, se llevará consigo la estabilidad de los mercados.
Mientras tanto, la parálisis en el Consejo de Seguridad de la ONU evidencia que el derecho a veto ha dejado de ser una herramienta de paz para ser un escudo de intereses cruzados. Con EE.UU. protegiendo su hegemonía y Rusia y China utilizando a Irán como un contrapeso necesario para desgastar a Occidente, el multilateralismo parece hoy un concepto del siglo pasado.
Por tanto, entender el conflicto hoy, en marzo de 2026, exige aceptar que no estamos ante un estallido repentino, sino ante la culminación de un proceso de décadas. No se trata de elegir un bando, sino de comprender que la paz es hoy una moneda de cambio en un escenario donde todos los jugadores están dispuestos a perderlo todo con tal de no dar su brazo a torcer.




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