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Moldavia abre una puerta hacia Europa, ¿la atravesará?

  • 23 oct 2025
  • 5 min de lectura

Alberto Nanclares Ijalba


El domingo 28 de septiembre, los moldavos acudieron a las urnas para votar en elecciones legislativas. Pese a los vaticinios de empate técnico, la cita se saldó a favor del partido Acción y Solidaridad, de la presidenta Maia Sandu, quien cosechó más de la mitad de los apoyos. ¿Por qué estas elecciones en este pequeño país no miembro han hecho a Europa aguantar la respiración? ¿Significan estos resultados que la voluntad proeuropea de los moldavos se verá correspondida con hechos?


Imagen de dominio público sobre las elecciones legislativas / Redes sociales.


Moldavia es un pequeño país de 2’5 millones de habitantes, de los cuales se estima que un tercio vive bajo el umbral de la pobreza y cuya lengua principal es el rumano, con minorías significativas rusas y gagaúzas. Su historia se remonta a su fundación por el rey húngaro en el s. XIV, pasando sucesivamente por manos lituanas, otomanas y  rusas. Entre 1918 y 1940 se independizó (salvo Transnistria) y unió a Rumanía, hasta que la URSS la tomó en 1940, donde tras el paréntesis de ocupación de la Rumanía del Eje, permaneció como República Socialista hasta la disolución de la Unión en 1991 y su independencia final.


Por tanto, como muchas repúblicas post-soviéticas, es un país con notables divisiones respecto a la visión del pasado y el futuro según grupos culturales e ideológicos; a lo que hay que sumar la cuestión de una hipotética unificación con Rumanía, país que comparte lengua y cultura, la cual de momento no goza de grandes apoyos.


Por otro lado, como país limítrofe con Ucrania, Moldavia ha vivido las consecuencias de la invasión rusa, ya que hasta un millón y medio de refugiados han atravesado la frontera de ambos países desde el inicio de la guerra, cuando Chisináu (capital de Moldavia) declaró el estado de emergencia y cerró el espacio aéreo. El país ha sancionado a Rusia, con la consiguiente subida de los precios del petróleo (que ha supuesto la política económica más arriesgada para el partido de Gobierno), instalándose así un clima de tensión en el que no sólo las razones culturales sirven como argumento para los que quieren acercarse a Moscú, sino también el appeasement para evitar “ser los siguientes”.


Pese al resultado final, las elecciones se celebraron con miedo desde Bruselas y Chisináu a injerencias rusas más o menos sutiles. En efecto, hay reportes no sólo de ataques híbridos convencionales (ciberataques, amenazas de bomba en centros de votación en territorio moldavo y extranjero o compra de votos, entre otros), sino también de que Moscú hizo uso de la presión religiosa que le otorga su lugar central en la fe ortodoxa, animando a los clérigos a alertar contra la “decadencia occidental”.


Gran parte del discurso prorruso se ha centrado en desacreditar la legitimidad de las elecciones, alertando de posibles autogolpes o denunciando fraudes antes y después de las elecciones. Esta narrativa se da en un contexto de polarización a nivel internacional, y más concretamente, con el recuerdo reciente de la Corte Constitucional de Rumanía anulando las elecciones presidenciales por haberse detectado injerencias rusas.


En el centro de estas injerencia se señala a Ilan Shor, millonario moldavo-israelí nacionalizado ruso, que aboga abiertamente por la absorción de Moldavia dentro de Rusia y que ha sido condenado por fraude bancario masivo y planear un golpe de Estado.


Un hombre frente a los carteles publicitarios del Partido Shor en 2019 / AP Photo.


Tras la independencia de Moldavia, las autoridades transnistrias se alzaron por su independencia, provocando la Guerra de Transnistria que acabó con un alto el fuego en 1992, pero sin un acuerdo de fondo. Desde entonces, esta región al otro lado del río Dniéster (de ahí su nombre) opera como un estado independiente de facto, pese a no ser reconocido por ningún otro Estado que a su vez sea ampliamente reconocido. Esto no impide que Rusia aloje tropas en la zona. Pese a haber una exigua mayoría moldava, las minorías étnicas rusas y ucranianas son muy significativas, en torno al 30% cada una.


Por su parte, Gagaúzia también vivió un conflicto similar entre 1989 y 1994, el cual sí acabó con un acuerdo por el que Gagaúzia aceptaba la Constitución moldava y era reconocida como región con un alto nivel autonómico. El grueso de la población pertenece a la etnia homónima, considerada de origen túrquico cristianizada, y asentada en la zona en época del imperio ruso. Pese al abrumador apoyo a las facciones prorrusas (hasta un 95% de la región votó “no” en el referéndum sobre la adhesión a la UE), la capital de Comrat eligió a un alcalde proeuropeo.




En marzo de 2022, Moldavia solicitó su adhesión a la Unión Europea, formalizándose su candidatura en junio de ese año, junto a Ucrania. Además, en las elecciones ganadas por el partido de Gobierno PAS, la población moldava expresó su voluntad de acercarse a la Unión Europea, mediante el referéndum constitucional del 20 de octubre de 2024, en el que se aprobó modificar la constitución para facilitar la adhesión con un 52% de los sufragios.


Como candidatos, no sólo tienen que enfrentarse al reto político de conseguir unanimidad en el Consejo Europeo, sino también al reto técnico de cumplir los llamados Criterios de Copenhague: Estado de Derecho, economía de mercado y capacidad de implementar el “acervo” de normas comunitarias. La presidencia Sandu ha impulsado varias de las reformas necesarias, por ejemplo, en el poder judicial. Estas reformas son apoyadas con importantes sumas de fondos europeos, según Euractiv, el mes pasado se destinaron 18,9 millones a esta causa.


Sin embargo, nada garantiza la existencia de una voluntad política unánime para una adhesión final, sobre todo habiendo voces acusadas de prorrusos en la mesa, como Orbán o Fico. Además, que Moldavia no controle todo su territorio soberano reconocido internacionalmente es un hecho a tener en cuenta; ya que no sería la primera vez que la Unión Europea acoja a un nuevo miembro en una situación análoga, puesto que Chipre entró en la Unión pese a la ocupación turca en el norte. No obstante, sí sería la primera vez en que el país tercero envuelto en la disputa sería un rival estratégico de la Unión, como lo es Rusia. Aun así, Moldavia no está sola; Georgia, en una situación parecida a la moldava, también es un país candidato.


Pese a todos los obstáculos, por parte de la Unión, la Comisaría de Vecindad y Ampliación y la Alta Representante de Política Exterior mantienen un discurso de optimismo, proclamando que el futuro de Moldavia está en Europa, mientras que la propia Sandu ha calificado su apuesta europea como un “asunto de supervivencia”.


Esta situación continúa dejándonos más preguntas que soluciones que aseguren el avance del país. ¿Cuáles deben ser las prioridades de Europa y Moldavia? ¿Se debe recompensar a los moldavos por sus reformas o es mejor evitar una adhesión apresurada? ¿Cómo evitar que la frustración crezca si los ciudadanos no ven realizadas sus esperanzas? ¿Y cómo debería la Unión Europea hacer uso de su influencia en el flanco oriental? En cualquier caso, las decisiones que se tomen ahora, marcarán el futuro de Moldavia y el de la región durante los próximos años.

 

 
 
 

1 comentario


Alberto Nanclares Ijalba
Alberto Nanclares Ijalba
24 oct 2025

☺️☺️☺️

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