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La nueva carrera nuclear: Pruebas, tensiones y un mundo sin confianza

  • 17 nov 2025
  • 4 min de lectura

María Garrido Requena


Treinta años después del último ensayo nuclear estadounidense, Washington ha anunciado su intención de reanudar las pruebas atómicas en un contexto de creciente tensión con Pekín y Moscú. Lo que durante medio siglo se sostuvo mediante un conjunto de tratados e inspecciones recíprocas, hoy se ve amenazado por la rivalidad entre potencias y el retorno a la lógica de la fuerza.


La primera prueba de explosión nuclear, en julio de 1945, durante el desarrollo de la bomba atómica que Estados Unidos arrojaría sobre Japón más tarde. / Getty Images.


Las recientes declaraciones del presidente Donald Trump sobre la reanudación de pruebas nucleares por parte de Estados Unidos suponen un golpe directo al Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares (TPCE). Este tratado, firmado por Estados Unidos en 1996, pero nunca ratificado por este país, mantuvo una moratoria global sobre los ensayos nucleares. Por su parte, Rusia que en el año 2000 ratificó dicho tratado lo revocó en 2023, alegando actuar en igualdad de condiciones con Estados Unidos.


Asimismo, el TPCE ha conseguido mantener una pausa global en las detonaciones atómicas, ya que, desde mediados de los noventa, las potencias nucleares han podido comprobar la fiabilidad y modernizar sus arsenales sin necesidad de llevar a cabo explosiones reales, gracias a la tecnología acumulada en este campo y a los experimentos de laboratorio. No obstante, Estados Unidos parece decidido a llevar a cabo pruebas nucleares que incluyen sistemas de lanzamiento como ha asegurado el secretario de Estado Marco Rubio, recalcando que “el compromiso de Trump con probar nuestras capacidades nucleares, lo que incluye los sistemas de lanzamiento, está a la par con lo que hacen otros países del mundo". Así pues, esta apuesta desestabilizadora podría incentivar aún más la carrera armamentística con otras potencias nucleares como China, Rusia o Corea del Norte.


Por su parte, Rusia ha efectuado en los últimos días pruebas de dos de sus sistemas de armamento más avanzados: El dron submarino Poseidón y el misil de crucero Burevéstnik, armas que pueden evadir defensas, menos visibles y más difíciles de neutralizar. Además, el Kremlin ha afirmado que estos sistemas serían capaces de penetrar los sistemas de defensa de Estados Unidos y golpear la costa occidental norteamericana generando un oleaje oceánico radioactivo.


Aunque ninguna de estas armas ha sido probada con una carga nuclear real, su valor simbólico y político es innegable. Putin busca reafirmar que Rusia sigue siendo una superpotencia nuclear, dispuesta a responder a cualquier intento de superioridad tecnológica de Estados Unidos. Además, estas pruebas coinciden con un discurso de endurecimiento militar en Moscú, que ha acusado abiertamente a Washington de querer romper el equilibrio estratégico global.


A este clima de creciente incertidumbre se suma la inminente expiración, en febrero de 2026, del Nuevo START, el último gran acuerdo que aún limita los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia. Firmado para mantener un máximo de 1.550 ojivas estratégicas y 800 vectores de lanzamiento por país, el tratado fue prorrogado por última vez en 2021, pero su continuidad actualmente es incierta. Si, finalmente, el tratado expira sin un reemplazo, será la primera vez en más de medio siglo que las dos mayores potencias nucleares operen sin ningún tipo de límite verificable sobre sus arsenales, lo que abriría la puerta a una nueva carrera armamentística abierta, en un contexto geopolítico mucho más inestable y fragmentado.


CHINA, EL TERCER JUGADOR QUE NO QUIERE QUEDARSE ATRÁS


En el nuevo escenario nuclear, China ha dejado claro que no permitirá que las dos grandes potencias sigan modernizando sus arsenales militares mientras ella permanece limitada. El país asiático, que no ratificó el TPCE, mantiene su intención de no reducir sus capacidad estratégica. En los últimos años ha construido centenares de nuevos silos de misiles intercontinentales, ha probado vehículos hipersónicos capaces de evadir defensas antimisiles y ha reforzado su triada nuclear, asegurándose una capacidad de represalia creíble. En este contexto, se observa como Pekín también avanza hacia el rearme nuclear buscando acercarse lo suficiente para impedir que Washington y Moscú definan las reglas del juego sin su participación. 


Este avance de China se inscribe en un panorama más amplio marcado por el colapso progresivo de los tratados de control nuclear, como la salida de Estados Unidos del acuerdo sobre misiles antibalísticos en 2002, la ruptura del tratado INF en 2019 o la ya mencionada revocación rusa del TPCE en 2023. La desaparición de estos mecanismos de verificación ha dejado al mundo sin un marco común que regule el uso y los límites de las armas atómicas. Hoy, parece que todo depende de la desconfianza y la demostración de la fuerza. Asimismo, otras potencias nucleares siguen dentro de esta carrera nuclear entre las que cabe destacar Corea del Norte, único país en realizar pruebas nucleares desde 1996 o Irán que ha incrementado progresivamente el nivel de enriquecimiento de uranio superando los límites del acuerdo de 2015 y acercándose al umbral nuclear.


En definitiva, la posible reanudación de pruebas nucleares por parte de Estados Unidos y las recientes demostraciones militares de Rusia han devuelto al mundo al terreno nuclear. Tres décadas después del fin de la Guerra Fría, la disuasión nuclear vuelve a dominar la política internacional, pero en un escenario más incierto, con más actores y menos reglas. Así pues, el colapso de los tratados nucleares que durante años contuvieron la expansión y el uso de armas atómicas ha dejado un vacío que ha pasado a completar la tecnología, la desconfianza y la competencia estratégica.


 
 
 

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