Kiev: el tablero de la Nueva Guerra Fría entre el Eje China-Rusia y Estados Unidos
- 10 nov 2025
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Isaac Chavida Sánchez-Garnica

Vladimir Putin, presidente ruso, y Xi Jinping, líder chino, reunidos en el Gran Salón del Pueblo de Beijing el 16 de mayo durante la visita de Estado de Putin a China. Stringer/Getty Images.
La invasión de Ucrania, ocurrida en febrero de 2022, ha trascendido rápidamente la condición de un mero conflicto regional. La escalada militar en Kiev se ha consolidado como el catalizador que ha puesto fin al periodo de relativa paz posterior a la Guerra Fría, reintroduciendo una feroz competencia geopolítica que el mundo creía superada.
Esta crisis ha derribado la unipolaridad de Estados Unidos desde los años noventa y, de manera estratégica, ha forzado la alineación de las grandes potencias. Lo que se disputa hoy en el territorio ucraniano no es solo una frontera, sino la forma en que se repartirá el poder global: el tablero de una Nueva Guerra Fría donde cada movimiento del eje China-Rusia busca activamente debilitar la influencia del gigante del dólar. La respuesta occidental a la invasión no fue solo apoyo militar, sino sanciones económicas que han forzado a Rusia y China a la aceleración de sus planes para forjar una arquitectura financiera paralela; estableciendo la desdolarización como un frente económico global contra la hegemonía de Estados Unidos. Todos estos movimientos provocan que el conflicto escale de la guerra convencional al ámbito estratégico, haciendo visible a través de decisiones rusas como suspender tratados o reanudar pruebas nucleares. Es precisamente esta capa de imprevisibilidad entre Washington y Moscú la que define esta nueva y peligrosa era de confrontación global.
La fricción inicial de la guerra de Ucrania deja como legado una clara consolidación de los dos bloques de la Nueva Guerra Fría, donde la rivalidad de Estados Unidos con el eje China-Rusia no es una hipótesis, sino la estructura central de la geopolítica actual. La desdolarización y la creación de arquitecturas financieras paralelas aseguran que existirá una competencia duradera que afectará a la estabilidad económica global, ya que dichas estrategias comprometen el equilibrio occidental, teniendo como precio a pagar la fragmentación geopolítica.
El retorno de la amenaza nuclear es la prueba de que la competencia ha llegado a su punto álgido, generando un riesgo máximo que hace temblar de manera constante los cimientos que aguantan el mundo tal y como lo conocemos. Las reglas de contención se han roto, y las consecuencias de las armas nucleares están a la orden del día, pero su ejecución a la de unos pocos. Unos pocos que paulatinamente se van reforzando, obligando a retomar esa carrera nuclear que ya vimos en la década de los 40, pero ahora en un nivel superior, mucho más tenso y peligroso.
El mayor peligro no es la guerra de Ucrania, sino la lucha por la superioridad de las tres superpotencias mundiales, ya que el problema de las tensiones a estas escalas es la posibilidad de un error de cálculo, que por ínfimo que sea, podría desembocar en un conflicto de dimensiones inescrutables. La falta de canales de comunicación y de normas de control de armas que sí que existían en la ya primera pero no última Guerra Fría, genera una tensión prolongada que no sabemos cuanto tiempo se podrá mantener. El mundo ha entrado en una era de inestabilidad crónica. La partida de ajedrez ha empezado, y su duración y consecuencias dependen de que las potencias logren evitar que el conflicto latente se convierta en una catástrofe global.




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