India, la potencia que despierta en Asia
- 11 nov 2025
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Sofía Pizarro Muñoz

Una de las zonas más pobres de la India. / AFP.
India se consolida como una de las grandes potencias emergentes del siglo XXI. Con más de 1.400 millones de habitantes y un crecimiento económico cercano al 7% anual, el país ha superado a China en población y se prepara para ocupar un papel decisivo en el equilibrio global. Su ambición es clara: ser el motor económico y tecnológico del “Sur Global”.
Sin embargo, el auge indio convive con profundas desigualdades. Mientras las torres de cristal de Bengaluru y Hyderabad concentran sedes de gigantes tecnológicos y startups millonarias, más de 200 millones de ciudadanos siguen sin acceso estable a Internet ni a servicios básicos. Es la India de los contrastes, una nación que lanza sondas espaciales y, al mismo tiempo, lucha contra la pobreza estructural y el desempleo rural.
El primer ministro, Narendra Modi, reelegido para un tercer mandato, ha hecho del progreso digital su bandera y del orgullo nacional su narrativa. Pero el desafío persiste en transformar el crecimiento en bienestar real para todos y evitar que el país que aspira a liderar el futuro tecnológico se divida en dos velocidades.
India se ha convertido en la economía con mayor crecimiento del G20. Según el Fondo Monetario Internacional, su PIB aumentará alrededor del 6,5% en 2025, muy por encima de la media mundial. Esa cifra resume una transformación profunda; el país ha dejado de ser únicamente un centro de servicios informáticos para convertirse en un polo industrial y tecnológico.
POSICIÓN GEOPOLÍTICA
India ha aprendido a moverse entre potencias sin perder autonomía. Bajo el liderazgo de Narendra Modi, su política exterior combina pragmatismo y ambición; mantiene acuerdos de defensa con Estados Unidos, compra petróleo a Rusia pese a las sanciones y rivaliza con China por la influencia en Asia y África. Esa capacidad para equilibrar alianzas, sin alinearse del todo con nadie, le ha permitido consolidarse como actor clave en la escena internacional.
La presidencia india del G20 en 2023 marcó un punto de inflexión. Modi buscó proyectar al país como la voz del “Sur Global”, mediando entre economías desarrolladas y emergentes. También, reforzó su imagen de líder capaz de hablar tanto con Washington como con Moscú. En los foros multilaterales (desde los BRICS hasta la ONU), Nueva Delhi ha insistido en una idea recurrente: El mundo multipolar necesita un nuevo centro de gravedad en el sur de Asia.
Su creciente peso económico va acompañado de una expansión cultural y tecnológica. La diáspora india (más de 30 millones de personas repartidas por el planeta) se ha convertido en embajadora natural de su influencia. Y su soft power se multiplica a través del cine, la gastronomía y la exportación de talento en ingeniería y medicina. Pero el reto geopolítico más delicado sigue estando cerca, es decir, su relación con China. Los enfrentamientos fronterizos de los últimos años han tensado una rivalidad que no es solo territorial, sino también simbólica. Ambos países compiten por liderar la narrativa del desarrollo asiático. India, por ahora, gana terreno sin renunciar a su estilo, avanzar sin ruido, pero con paso firme.
TRANSFORMACIÓN TECNOLÓGICA
India vive una revolución digital sin precedentes. Con más de 880 millones de usuarios conectados, el país ha construido una de las infraestructuras tecnológicas más extensas del mundo. El sistema de identidad digital Aadhaar, los pagos instantáneos mediante Unified Payments Interface (UPI) y la red de datos abierta India Stack han permitido que millones de personas accedan por primera vez a servicios financieros, sanitarios o educativos sin intermediarios.
Ciudades como Bengaluru, Hyderabad o Pune se han convertido en el rostro visible de esa transformación: polos tecnológicos donde startups, universidades y multinacionales conviven en un ecosistema que crece a ritmo vertiginoso. India produce ya decenas de empresas “unicornio” al año, impulsadas por un mercado interno joven y una clase media cada vez más digitalizada.
Pero la otra cara de esa historia sigue muy presente. En estados rurales como Bihar o Jharkhand, el acceso a Internet sigue siendo irregular y la alfabetización digital apenas despega. En muchas aldeas, una conexión 4G es tan escasa como el agua corriente. Según el informe 2024 de la Asociación de Internet y Móviles de India, más del 40% de los hogares rurales carece de conexión estable y el 65% de las mujeres no ha usado nunca un teléfono propio.
La brecha no es solo tecnológica, sino social. Mientras la élite urbana se adapta al trabajo remoto y a las criptomonedas, amplias capas de la población aún viven fuera del circuito digital. La pregunta que se abre es si el país que ha convertido el móvil en su emblema de progreso podrá garantizar que ese futuro sea realmente compartido.
DESIGUALDAD SOCIAL
El crecimiento indio deslumbra en los titulares, pero bajo la superficie persisten desigualdades que atraviesan generaciones. Aunque la pobreza extrema ha descendido en la última década, la brecha entre ricos y pobres continúa ampliándose. Según datos del Banco Mundial, el 10% más rico de la población acapara más del 60% de la riqueza nacional, mientras millones sobreviven con menos de dos dólares al día.
Las diferencias no se explican solo por los ingresos. El sistema de castas, oficialmente abolido, sigue condicionando el acceso a la educación, el empleo y la movilidad social. En muchas zonas rurales, la pertenencia a una casta baja o a una minoría religiosa marca los límites de lo posible. Al mismo tiempo, la desigualdad de género persiste, debido a que las mujeres representan apenas el 25% de la fuerza laboral y enfrentan mayores tasas de analfabetismo y exclusión digital.
Las disparidades territoriales son igual de marcadas. Estados como Kerala o Tamil Nadu presentan índices de desarrollo comparables a Europa del Este, mientras que Bihar o Uttar Pradesh se asemejan a regiones del África subsahariana. En los primeros, abundan las universidades y la sanidad pública; en los segundos, los cortes de electricidad y la migración forzada hacia las grandes ciudades son rutina.
A ello, se suman retos ambientales que agravan las brechas existentes. Las olas de calor cada vez más intensas, la escasez de agua y la contaminación urbana afectan con mayor dureza a las poblaciones más vulnerables. India, que aspira a liderar la transición verde, debe hacerlo sin dejar atrás a quienes aún no han alcanzado lo básico.
El país progresa, sí, pero lo hace a ritmos desiguales. En esa tensión entre modernidad y carencia se juega buena parte de su futuro, el de convertirse en potencia global sin perder el equilibrio interno que sostiene su promesa.
INDIA A NIVEL GLOBAL
El futuro de India se escribe entre la ambición y la cautela. Los organismos internacionales coinciden en que su crecimiento será el más rápido entre las grandes economías durante la próxima década. Con una población joven, una base tecnológica consolidada y una diplomacia hábil, el país tiene todo para convertirse en la tercera potencia mundial antes de 2030. Sin embargo, el tamaño no garantiza la estabilidad.
Los retos que enfrenta son estructurales, debido a que necesita generar empleo formal para absorber a los doce millones de jóvenes que se incorporan cada año al mercado laboral, mejorar infraestructuras básicas y reducir una desigualdad que amenaza con fracturar el avance social. La transición energética es otro desafío clave. India depende todavía en gran medida del carbón, lo que la sitúa entre los principales emisores de CO2, incluso mientras impulsa proyectos de energía solar en Rajastán o Gujarat.
En el plano internacional, Nueva Delhi se posiciona como un contrapeso a China y un socio estratégico para Occidente, sin renunciar a su independencia. La apuesta por un mundo multipolar le permite negociar simultáneamente con Washington, Moscú y Bruselas, y liderar en foros del Sur Global como los BRICS o la Alianza Solar Internacional. Aun así, el éxito de su estrategia exterior dependerá de lo que ocurra dentro de sus fronteras. Si el crecimiento económico no se traduce en bienestar tangible, el relato de la “India potencia” podría quedarse en una promesa más. La potencia emergente tiene la oportunidad y la responsabilidad de demostrar que el desarrollo puede ser, al fin, sinónimo de inclusión.
En conclusión, India avanza a dos velocidades. Una mira hacia el futuro con fábricas automatizadas, pagos digitales, misiones espaciales y diplomacia global. La otra sigue anclada en la escasez, con pueblos sin electricidad constante, escuelas sin conexión a Internet y barrios enteros donde la modernidad se intuye, pero no llega. Entre ambas realidades late la pregunta que definirá su siglo: ¿Podrá el país que crece más rápido también hacerlo de forma justa?
El Gobierno de Modi promete una “India para todos”, pero la brecha entre el discurso y la vida cotidiana aún es amplia. Las cifras impresionan, los logros tecnológicos fascinan, pero el progreso, como siempre, se mide en el rostro de quienes menos tienen. Quizá el verdadero desafío no sea alcanzar a las potencias del norte, sino reconciliar las dos Indias que conviven dentro de una misma frontera. Si logra unirlas, no será solo una potencia emergente, será una nación que consiguió crecer sin dejar a nadie atrás.




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