Genocidio ignorado por la comunidad internacional: El conflicto Rohingya:
- 20 nov 2025
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M. Paz Vinolo
Esta frontera ha sido el escenario de una de las mayores limpiezas étnicas del mundo: la del pueblo Rohingya. Aunque esta persecución comenzó en los años setenta y ha provocado que más de un millón de personas se conviertan en refugiados, sigue siendo poco conocida en el mundo.
Además, la configuración de esta frontera ha cambiado desde 1937 y, debido a la crisis migratoria Rohingya, ambos países continúan debatiendo qué hacer con la situación fronteriza. Creemos que este caso es especialmente interesante para analizar, ya que involucra a dos países poco reconocidos a nivel global, donde se vive una crisis migratoria y étnica. A la vez, nos permite visibilizar la difícil situación del pueblo Rohingya, que lleva más de 50 años sufriendo violencia sistemática por parte de Myanmar.

El estado occidental de Rakhine en Myanmar. / DW.
Myanmar, también conocida como Birmania, es un Estado soberano del Sudeste Asiático. Está formado por varias minorías étnicas como los ciudadanos de Chin, Shan, Kachin y Bruma. En 1947, firmaron los acuerdos de Panglong donde reconocían ciertas nacionalidades en este país, sin embargo los rohingya fueron dejados de lado.
Por otro lado, Bangladesh es un país soberano del sur de Asia que se encuentra rodeado por India casi en su totalidad, menos por una pequeña franja que hace frontera con Myanmar.
En los últimos años, se ha convertido en el país de preferencia migratoria para los Rohingya, que huyen de Myanmar. En la frontera actual entre Myanmar y Bangladesh persisten fuertes tensiones debido a diversas situaciones, como la huida de refugiados Rohingya hacia Bangladesh a causa de la persecución del ejército de Myanmar, así como los enfrentamientos entre el Tatmadaw y el Ejército de Arakan. Más de 750.000 personas Rohingyas huyeron debido a las violentas operaciones militares que hay en estos territorios.
El Tatmadaw es el ejército de Myanmar, que ha estado en el poder durante décadas y es responsable del genocidio contra los Rohingya. Además, sólo reconoce oficialmente ocho minorías étnicas.

Operación 1027: el Ejército de Arakan reabre el frente en Rakhine contra el régimen birmano. / Pime Asia News.
Actualmente, Myanmar vive un conflicto interno étnico en el que se enfrentan la comunidad Rohingya, la comunidad Arakanesa y el Tatmadaw. Los Rohingyas, una comunidad musulmana de la región de Arakan (Rakhine), han sido víctimas de esta violencia. Durante siglos han luchado por su independencia, pues quieren ser reconocidos como una etnia.
Para alcanzar sus objetivos, cuentan con el Ejército de Arakan (Arakan Rohingya Salvation Army), un grupo armado que respalda su causa. Es decir, el Ejército de Arakan es la organización etnonacionalista de Rakhine con victorias militares frente a Tatmadaw. Conforme va creciendo la popularidad del ejército de Arakan, el Tatmadaw realiza contiendas más violentas.

Desfile militar de Myanmar. / Global Voices.
Uno de los agentes importantes en este conflicto, que vela por los Rohingyas, es el Gobierno de Bangladesh, responsable de acoger a todos los refugiados y proporcionarles la mayor calidad de vida posible. Sin embargo, este gobierno podría estar entrando en una posible crisis, pues el número de refugiados aumenta cada vez más y se está convirtiendo en una tarea difícil dar un buen trato a estos refugiados.
Otros agentes externos que velan por los Rohingyas son la Organización de las Naciones Unidas y el Tribunal de Justicia Internacional. A través de ACNUR, la ONU ha brindado ayudas humanitarias para los refugiados y ha denunciado crímenes contra la humanidad. Por su parte, el Tribunal de Justicia busca ponerle fin al conflicto mediante la revisión de la demanda contra Myanmar presentada por Gambia en 2019. No obstante, la solución de este problema multidimensional se ve perjudicado por las inestabilidades políticas y diplomáticas de este país.
En el entorno internacional, la comunidad internacional ha condenado las acciones de Myanmar. Además, Amnistía Internacional y otras organizaciones de derechos humanos han documentado violaciones graves, describiéndolas como limpieza étnica y genocidio. Estas acusaciones han generado debates en foros internacionales sobre la necesidad de responsabilizar a los culpables y garantizar justicia para las víctimas.
En cuanto a las repercusiones diplomáticas y geopolíticas, la crisis Rohingya no es solo un problema humanitario, sino también una cuestión geopolítica en la que las grandes potencias tienen intereses estratégicos en la región. Esta realidad ha complicado la intervención de la comunidad internacional y ha permitido que la persecución de los Rohingyas continúe, a pesar de las ¨medidas¨ impuestas por la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Ante la inacción de los organismos internacionales, parece cada vez más urgente que la comunidad global responda de manera coordinada para detener este genocidio.
La crisis Rohingya ha tensado las relaciones diplomáticas en la región. Países de mayoría musulmana, como Malasia e Indonesia, han tomado una postura firme en contra y han instado a Myanmar a poner fin a la situación. La Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) ha enfrentado críticas por su respuesta, que muchos consideran insuficiente, lo que resalta las limitaciones del bloque para abordar las violaciones de derechos humanos entre sus miembros.
El impacto en las políticas de ayuda internacional ha sido significativo. Por ejemplo, la suspensión de fondos por parte de agencias como USAID ha tenido efectos devastadores en programas humanitarios, afectando a millones que dependen de esta asistencia. A pesar de los acuerdos entre Bangladesh y Myanmar para la repatriación de los Rohingyas, la falta de garantías de seguridad y derechos básicos ha hecho que los retornos voluntarios sean prácticamente inexistentes. La comunidad internacional se enfrenta al reto de encontrar soluciones duraderas que aborden las causas profundas de la persecución. En 2017, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) registró a 723.000 Rohingyas desplazados, lo que pone de manifiesto la magnitud de la crisis.
En el siglo XXI, Asia ha emergido como un epicentro del crecimiento económico global, desafiando el dominio de Estados Unidos y Europa. China, en particular, ha buscado consolidar su influencia a través de proyectos estratégicos como la “nueva ruta de la seda”. Dentro de esta iniciativa, ha desarrollado el "collar de perlas", una red de puertos a lo largo del océano Índico, y la estrategia One Belt One Road, que conecta Asia, Europa y África mediante infraestructuras comerciales.
Uno de los puntos clave de esta estrategia es el puerto de Kyaukpyu, en Rakhine, una región donde históricamente han vivido los Rohingyas. China ha invertido millones en este puerto, que actúa como un punto de entrada para oleoductos y gasoductos que transportan recursos desde Oriente Medio. Su importancia radica en que le permite a China evitar el “dilema de Malaca”, un estrecho marítimo crucial para el comercio global. Un bloqueo en esta zona afectaría la seguridad energética de Asia, por lo que asegurar el control de Myanmar se ha convertido en una prioridad estratégica para Beijing. Además, en 2018, China y Myanmar firmaron un acuerdo para el corredor económico que conecta la provincia china de Yunnan con el océano Índico.
Para India, Myanmar es fundamental como una puerta de entrada al sudeste asiático, lo que facilita la expansión de sus conexiones comerciales. Nueva Delhi ha estado promoviendo proyectos de infraestructura en la región, como una autopista que une Myanmar con Tailandia e India, además de realizar inversiones en los puertos de Calcuta y Sittwe. Sin embargo, India también percibe a los Rohingyas como una posible amenaza terrorista y ha endurecido su política migratoria, incluyendo la construcción de un muro en la frontera con Bangladesh para limitar su entrada.
Por otro lado, el secretario general de la ONU, António Guterres, comentó sobre los recortes en la ayuda humanitaria por parte de Estados Unidos y varios países europeos. La ONU se ha comprometido a buscar financiación para los refugiados Rohingyas tras el anuncio de estos recortes. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) advirtió que, si no recibe la financiación necesario, tendrá que reducir a la mitad la ayuda alimentaria para los refugiados a partir del próximo mes. Guterres expresó su preocupación por el aumento del gasto en defensa en los países occidentales mientras la ayuda humanitaria disminuye a nivel global. A pesar de los recortes en otros proyectos, Bangladesh ha asegurado que seguirá destinando fondos a los refugiados Rohingyas.
A principios de este mes, el PMA informó que las raciones de alimentos podrían bajar de 12,50 a 6 dólares por persona al mes si no se obtienen suficientes fondos. Según su portavoz, Kun Li, la agencia necesita 81 millones de dólares para operar hasta fin de año, incluyendo 15 millones para abril.
Por otro lado, el gobierno interino de Bangladesh espera que la visita de Guterres ayude a movilizar apoyo internacional para los Rohingyas y a llamar la atención sobre su crisis. Yunus, quien asumió el poder en agosto tras la destitución de Sheikh Hasina, solicitó a Guterres el apoyo de la ONU para garantizar el retorno seguro de los rohingyas a Myanmar.
Este caso es un claro ejemplo de cómo un conflicto local puede convertirse en un problema global. Aunque existen mecanismos internacionales para abordar estas crisis, los intereses geopolíticos han obstaculizado la acción efectiva. La presión diplomática, las sanciones económicas y el compromiso real de las grandes potencias son esenciales para luchar contra la injusta limpieza étnica que sufren los Rohingyas.
Consideramos que es una situación muy grave, ya que actualmente se encuentran en condición de apátridas: ni el gobierno actual de Myanmar, ni el legítimo los reconocen como ciudadanos, por lo que carecen de ciudadanía. Por otra parte, Bangladesh tampoco les ha concedido la ciudadanía, a pesar de que ya hay miembros de la tercera generación viviendo en los campos. Además, con la actual guerra en la zona de Rakhine se debilitan las posibilidades de un retorno próximo y a causa de los recortes de ayuda humanitaria se encuentran en una situación muy vulnerable.




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