Estados Unidos y Brasil se dan una tregua
- 1 nov 2025
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Sofía Pizarro Muñoz
En los márgenes de la cumbre de la ASEAN, celebrada este fin de semana en Kuala Lumpur, Luiz Inácio Lula da Silva, presidente brasileño, y Donald Trump, presidente estadounidense, firmaron una inesperada negociación tras meses de tensión entre sus gobiernos. El mandatario brasileño pidió a Estados Unidos que retire el arancel del 50% que ha puesto contra las exportaciones de su país, y anunció el inicio inmediato de rebajas en esa carga, además de revisar sanciones contra autoridades brasileñas. La cordialidad mostrada en público contrasta con la profundidad de la crisis abierta por ese castigo comercial, que amenazaba con erosionar una relación clave en el continente americano.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, el último domingo de octubre en Kuala Lumpur. / AFP.
El último domingo de octubre, en Kuala Lumpur, los mandatarios de Brasil y Estados Unidos sellaron un gran gesto diplomático. Luiz Inácio Lula da Silva, presidente brasileño, habló sobre el “excelente, franco y constructivo” encuentro de 50 minutos con Donald Trump, presidente estadounidense, en el marco de la cumbre de la ASEAN (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental). Después de dicha reunión, Trump anunció que sus equipos comenzarán inmediatamente negociaciones para buscar una solución al arancel del 50% y las sanciones impuestas a autoridades brasileñas.
El conflicto no surgió de la nada. En agosto, Estados Unidos instauró ese arancel del 50% para amplios sectores de importación brasileña, a pesar de que el comercio bilateral le deja un superávit a Washington. Brasil interpretó aquello como una señal de desconfianza y presión más política que comercial. La intensidad de la medida hizo que, en Brasil, se la comparase con momentos de ruptura diplomática profunda (el golpe militar de 1964 y el espionaje a la presidenta Dilma Rousseff en 2013).
Pese a esa hostilidad clara, Brasil no respondió con aranceles recíprocos en masa. En su lugar, optó por la diplomacia y la diversificación de mercados. Hoy, esa estrategia parece estar dando fruto, ya que Estados Unidos ha abierto la puerta al diálogo, y Brasil lo celebra como un primer paso hacia la restauración de una relación que ambas partes dicen necesaria.

Los presidentes Lula y Donald Trump se enfrentaron por el expresidente brasileño Jair Bolsonaro el 7 de julio de 2025. / Eraldo Peres, Julia Demaree Nikhinson / AP / Montage RFI.
Para entender el alcance de este choque, conviene ver cuán profunda es la relación entre Brasil y Estados Unidos. Ambos países han compartido vínculos diplomáticos desde el siglo XIX. Estados Unidos reconoció la independencia de Brasil en 1824, lo que marcó el inicio oficial de una relación bilateral. En el terreno comercial, desde finales del siglo XIX, Brasil se convirtió en proveedor de materias primas (café, por ejemplo) a mercados estadounidenses, y Estados Unidos fue inversor y socio estratégico en distintos periodos del desarrollo industrial brasileño. Esa base económica y diplomática creó una especie de “alianza no escrita” entre ambos, como algunos historiadores la han llamado: Intereses compartidos en hemisferio occidental, pero también tensiones reiteradas.
La relación se volvió más estratégica durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría. Brasil fue aliado de Estados Unidos contra las potencias del Eje y sus bases fueron utilizadas para operaciones en el Atlántico. Durante la dictadura militar brasileña (1964-1985), Estados Unidos buscó mantener influencia en Brasil a través de la cooperación militar y económica, lo que generó resentimiento interno brasileño por la percepción de dependencia y pérdida de autonomía. A pesar de todo, el comercio siguió creciendo, y Brasil pasó en décadas recientes a tener una economía de escala global, lo que cambió la naturaleza del vínculo, debido a que dejó de ser simplemente “país grande aliado” y se convirtió en “gran economía emergente con intereses propios”.
Este largo arco histórico importa, porque la crisis reciente no solo amenaza exportaciones; amenaza sistemas de dependencia e interdependencia construidos durante décadas. Brasil y Estados Unidos comparten cadenas de valor, inversiones cruzadas, influencias diplomáticas y una presencia conjunta en organismos internacionales (como World Trade Organization, Organization of American States…). Cuando Estados Unidos impone aranceles tan severos, no solo afecta productos brasileños individuales, sino que sacude el entramado comercial que ambos habían dado por relativamente estable. Y como Brasil ha diversificado sus socios (China, Europa, otros países latinoamericanos), el impacto tiene ramificaciones globales, porque muestra que un gran socio puede verse sorprendido por presión comercial repentina.
Más allá del binomio bilateral, el mundo también observa. En un orden global donde el libre comercio y la globalización están siendo cuestionados, este episodio añade un caso concreto de país emergente (Brasil) enfrentándose a la superpotencia (Estados Unidos) con armas comerciales y diplomáticas. Si Brasil cede, puede enviar un mensaje de vulnerabilidad a otros países emergentes; si resiste, puede fortalecer la idea de que ya no basta con alinearse con la superpotencia para asegurar estabilidad comercial. En este sentido, la crisis es una prueba de la arquitectura del comercio internacional: Tratados, alianzas, reciprocidad, poder de negociación. Así, lo que pase en esta relación puede repercutir en cómo otros países negocian sus términos, cuál es el margen de maniobra para los exportadores, qué tan previsibles son las reglas del juego, entre otras cuestiones.
Por último, el golpe no fue sólo económico, sino simbólico. Que un país como Estados Unidos imponga un arancel del 50% a Brasil es, para muchos brasileños, un ataque a su dignidad como socio comercial respetado. Se ha visto como una extensión de antiguas dinámicas de dependencia: “nos quieren con el ganado, no con el socio igualitario”. La resistencia brasileña, que hasta ahora ha optado por el diálogo y la diversificación más que la represalia inmediata, refleja que Brasil quiere arrancar de ese rol subalterno. Y lo que pase en estos meses define si esa aspiración se convierte en realidad o queda en gestos.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y Jair Bolsonaro, el expresidente de Brasil. / BBC Brasil.
La imposición del arancel del 50% no es un “problema comercial más”, ya que afecta a la estrategia de crecimiento de Brasil como potencia emergente. En primer lugar, varios sectores clave (como el acero, maquinaria, café, zumo de naranja, aeronáutica…) dependen en buena medida del mercado estadounidense. Un estudio estima que los aranceles podrían costarle a Brasil más de 100.000 empleos y restar alrededor de 0,2% del PIB (Producto Interior Bruto).
Además, muchas cadenas productivas brasileñas están integradas con Estados Unidos, como insumos, exportaciones o inversión capital. Cuando una gran parte del flujo comercial se ve bloqueado o amenaza interrupción, el efecto dominó golpea empleo, inversión extranjera y confianza empresarial.
También, en términos de diversificación comercial la crisis llega en un momento clave. Brasil ha venido intentando reducir la dependencia de Estados Unidos y China, expandir lazos con Europa, Asia o África. No obstante, esos cambios estructurales tardan años en concretarse. Un golpe brusco desde su principal socio comercial puede dejar transiciones a medias, sectores vulnerables sin red y afectar regiones enteras con alta exposición a exportaciones a Estados Unidos. Y como muchas empresas habían presupuestado relaciones comerciales estables con Estados Unidos, el ajuste inmediato genera costes de reubicación de mercados, renegociación de contratos, potencial caída en precios por saturación de otros mercados alternativos.
Tras el encuentro en Kuala Lumpur entre Luiz Inácio Lula da Silva y Donald Trump, ambos gobiernos han anunciado que sus equipos negociadores se pondrán «inmediatamente» a trabajar para buscar soluciones al arancel del 50% impuesto por Estados Unidos a los productos brasileños, así como a las sanciones contra autoridades brasileñas. Este paso marca el inicio de una fase de negociación activa, aunque llena de incógnitas.
En el corto plazo, es probable que se establezca un calendario formal de negociaciones: reuniones bilaterales entre ministros de comercio, grupos técnicos de trabajo, intercambio de listas de productos afectados y mecanismos de verificación. Los documentos previos de Brasil ya indicaban que esperaba una negociación prolongada, vinculando sectores como el azúcar, el etanol y el acero.
Uno de los escenarios más plausibles es que Estados Unidos proponga una reducción gradual del arancel del 50% a cambio de concesiones brasileñas. Por ejemplo, acceso ampliado de firmas estadounidenses al mercado brasileño, o compromisos de Brasil para revisar ciertas políticas consideradas problemáticas por Washington. Siembra la duda: ¿es el arancel solo un punto de partida para el trueque?
Brasil, por su parte, probablemente se centrará en diversificar sus mercados de exportación como plan de contingencia. Aunque la negociación tenga éxito, ninguna bala se dispara de inmediato. Las empresas exportadoras brasileñas ya vienen explorando destinos alternativos (Europa, Asia, otros países latinoamericanos), para reducir su vulnerabilidad ante ese tipo de medidas.
Si las negociaciones se atascan, existe el riesgo concreto de una escalada. Brasil podría hacer uso de su ley de reciprocidad (y lo ha amenazado) e imponer aranceles propios a productos estadounidenses. También podría acudir a organismos internacionales como la World Trade Organization (OMC) para plantear disputa formal, lo que alargaría el proceso.
A medio plazo, el resultado dependerá mucho de cómo se estructure el acuerdo: si solo es un “borrón y cuenta nueva” superficial, o si marca un nuevo marco de cooperación Brasil-Estados Unidos. que incluya comercio, tecnología, inversiones y quizás energías renovables. Un buen acuerdo podría reforzar la posición de Brasil como socio igualitario y reducir la incertidumbre comercial; uno malo dejaría a Brasil expuesto y a Estados Unidos cuestionando su estrategia de presión.




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