El Ártico en disputa: Poder, recursos y estrategia en el nuevo escenario geopolítico del norte
- 27 nov 2025
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María Montero García
En marzo de 2024, el hielo marino del Ártico alcanzó su máximo invernal más bajo desde que existen sus registros. Ese dato, casi anecdótico para algunos, es la puerta de entrada a un fenómeno profundo, en realidad: El Ártico se está calentando casi cuatro veces más rápido que el resto del planeta. Y allí, donde antes había hielo impenetrable, hoy emerge un océano navegable. Cada kilómetro que se derrite abre espacio para nuevas rutas comerciales, para bases militares, para sensores submarinos… y para una competencia estratégica ya no silenciosa sino evidente. El “techo del mundo”, remoto y aparentemente inútil, se ha convertido en una pieza central del tablero geopolítico global.
El deshielo no es solo un problema ambiental: es una reorganización del mapa. En un momento en el que la Tierra superó en 2024 el umbral del Acuerdo de París (1,5°C por encima de los niveles preindustriales), el Ártico muestra la cara más acelerada de esta crisis. El hielo se derrite antes, se forma más tarde y cubre menos superficie.
Pero el impacto más visible para la política internacional está en el flujo marítimo. Donde antes solo podían navegar rompehielos militares, hoy transitan cargueros comerciales. La Ruta del Mar del Norte (NSR), bordeando la costa rusa, y el Paso del Noroeste (NWP), entre las islas del archipiélago canadiense, reducen hasta un 40% los tiempos de viaje entre Europa y Asia respecto al Canal de Suez. Entre 2013 y 2019, la navegación en aguas árticas aumentó un 25%, y las distancias navegadas, un 75%. La tendencia se consolidó tras el bloqueo del Canal de Suez en 2021, que demostró la vulnerabilidad del comercio global.
Mapas del Orden Mundial-EOM: Las nuevas rutas marítimas bajo el hielo del Ártico
Pero lo que para unos son oportunidades logísticas, para otros es una amenaza estratégica. Mientras el hielo retrocede la pugna por la soberanía avanza. Y aquí empieza la verdadera disputa.
Para poder explicar este fenómeno, cabe explicar los actores que entran en juego durante la disputa: por un lado EE.UU., con Groenlandia como seguro estratégico; por otro lado la OTAN, Rusia como potencia dominante del ártico, y por último China, que se autodetermina “potencia casi ártica
Mapa del Círculo Polar Ártico, www.alamy.com
Donald Trump lo dijo sin filtros: “Necesitamos Groenlandia”. Su frase fue ridiculizada, pero expresaba una idea compartida por buena parte del establishment estadounidense. Groenlandia no es solo un trozo de hielo: es un pilar de seguridad nacional.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos instaló una base militar en el norte de la isla para vigilar los misiles soviéticos que podían cruzar el Polo Norte. Esa base, hoy llamada Pituffik Space Base, sigue siendo una pieza esencial del sistema de alerta temprana de misiles balísticos. Aunque la Guerra Fría terminó, la utilidad estratégica del Ártico no ha disminuido. Al contrario, en un mundo multipolar, se ha multiplicado.
El problema: Groenlandia pertenece a Dinamarca, miembro de la OTAN. Y en la Alianza se teme qué ocurriría si el mayor miembro militar quisiera controlar un territorio de otro aliado.
Europa, por otra parte, mira el Ártico con una mezcla de urgencia y preocupación. Noruega intenta rebajar la tensión, pero otros miembros advierten de posibles escaladas. El informe de inteligencia danés de 2024 alertaba de que Rusia “demostrará su poder mediante un comportamiento agresivo y amenazante en el Ártico”.
Asimismo el Reino Unido, aunque no es potencia ártica, está aumentando su presencia para contrarrestar a Moscú. Su interés se centra especialmente en la brecha GIUK (Groenlandia, Islandia y Reino Unido), un pasillo marítimo imprescindible para que los submarinos rusos del norte accedan al Atlántico.
A pesar de todo esto, si alguien tiene presencia real en el Ártico, es Rusia. Una quinta parte de su territorio se encuentra dentro del Círculo Polar. Moscú ha invertido millones en modernizar bases como Nagurskoye, en la isla Alexandra, capaz de operar grandes aviones en el extremo norte. Ha reforzado su Flota del Norte, desplegado sistemas antiaéreos y multiplicado la capacidad de vigilancia en la región.
El Ártico es clave para la economía rusa: alrededor de un 10% de su PIB procede de la extracción de recursos en la zona. Y el deshielo, lejos de ser una ventaja, aumenta su sensación de vulnerabilidad: más agua navegable significa más accesos a su frontera norte, y por tanto más necesidad de militarizarla.
Cualquiera puede decir que China no tiene competencia en esta pugna al no tener territorio en el Ártico, pero su autodeclaración como “cercana al Ártico” le es más que suficiente para justificar su presencia. Su objetivo es claro: aprovechar el deshielo para crear una “Ruta de la Seda Polar”, un corredor marítimo que conecte Asia y Europa más rápido que el Canal de Suez.
Para lograrlo, China ha duplicado su flota de rompehielos, ha construido estaciones de investigación y ha realizado patrullas conjuntas con Rusia cerca del mar de Bering, lo que ha alarmado tanto a Washington como a Moscú. El Ártico, para Pekín, es una extensión de su ambición global.
La estructura de gobernanza Ártica es razonablemente sólida, liderada por el Consejo Ártico, pero desde 2022 funciona a medio gas: Rusia, país clave, está políticamente aislada por la invasión de Ucrania. El espacio para la cooperación se reduce.
Aun así, existen mecanismos como el Acuerdo de Búsqueda y Rescate (SAR), que obliga a coordinar operaciones en emergencias marítimas. La ciencia también ha servido tradicionalmente como puente: estaciones polares donde trabajan equipos internacionales, incluso en momentos de tensión.
Pero la tendencia dominante es la competición. El deshielo provoca disputas por la extensión de plataformas continentales, por el control de pasos marítimos y por la extracción de recursos. Y todo ello en un momento de reconfiguración global del poder.
El deshielo ha abierto rutas, recursos y oportunidades, pero también ha abierto la puerta a una carrera estratégica que quizá nos recuerda demasiado a los viejos patrones de rivalidad global .Lo que antes era una región inhóspita, gobernada por la cooperación científica y el pragmatismo polar, hoy se desliza hacia un clima mucho más turbulento.
La militarización avanza. Rusia fortifica su frontera norte, la OTAN se reconfigura para mantener la brecha GIUK bajo control, Estados Unidos protege Groenlandia como si fuera un escudo del siglo XXI, y China, sin una sola costa ártica, se inventa un concepto que le acerque a la disputa para no quedarse atrás en esta.
El peligro es claro: una región que durante décadas fue ejemplo de diplomacia y cooperación científica corre el riesgo de transformarse en un nuevo escenario de tensión y demostraciones de fuerza. Lo que está en juego no es solo quién controla las rutas o quién explota los recursos: es qué tipo de orden internacional prevalecerá en un mundo que se recalienta.
La militarización de la política en el Ártico no amenaza solo la estabilidad de la región: amenaza la posibilidad misma de gestionar un planeta en transformación. Porque si incluso en el lugar donde el cambio climático es más evidente los Estados optan por los “músculos” y no por los pactos, el mensaje es claro y devastador; ¿Dónde seremos capaces de cooperar entonces?




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