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El país que ha convertido a las mujeres en sombras: Afganistán bajo el régimen talibán

  • 18 nov 2025
  • 8 min de lectura

Sofía Pizarro Muñoz


Desde que los talibanes retomaron el poder en agosto de 2021, Afganistán se ha convertido en el lugar más peligroso del mundo para cualquier mujer. Las niñas tienen prohibido estudiar a partir de primaria, las universitarias han sido expulsadas de las aulas, las mujeres trabajadoras han perdido sus empleos, y a la mayoría se les impide salir de casa sin un tutor masculino. Aquello de lo que se preocupaba o imaginaba Margaret Atwood en su obra El Cuento de la Criada en 1985, sucede en pleno siglo XXI. Afganistán es un Estado que funciona sobre la idea de la mujer reducida en una sombra en la vida pública, sin voz ni voto. Incluso el hecho de que puedan mirarlas a las ojos o tener el rostro descubierto supone un privilegio para ellas. Por ello, nunca es tarde recordar que, en un país de Occidente, existen varios países en el que las mujeres son tratadas como algo más insignificante que los animales.


Mujeres afganas esperando una distribución de comida en Kabul, en mayo de 2023. / Ebrahim Noroozi, AP / LaPresse.


En pleno siglo XXI, todavía existen países donde ser mujer significa cargar con una condena impuesta por la política, ley o cultura; en la que anunciar la llegada de una niña, ya no es una celebración, sino una lamentación. En Arabia Saudí, el sistema de tutela masculina aún marca los límites de la vida cotidiana. En Irán, las mujeres pueden acabar detenidas (o muertas) por un mechón fuera del velo. En Somalia y Sudán del Sur, la violencia sexual es un arma de guerra. En Yemen, las niñas son entregadas en matrimonio antes de cumplir los diez años. Y en Pakistán, los llamados “crímenes de honor” siguen reduciendo vidas a cifras sin justicia. La lista es larga y la indiferencia se ha convertido en olvido. Sin embargo, entre todos ellos, hay un lugar donde la represión ha alcanzado un nivel sin precedentes. Afganistán, el único país del mundo que ha convertido a las mujeres en sombras legales, sociales y físicas.


En lo cotidiano, la vida femenina está controlada por normas que limitan su movilidad, ya que solo pueden desplazarse acompañadas por un tutor masculino y, en muchas provincias, ni siquiera pueden salir solas de su propio distrito.  A esto, se suma la obligación de cubrirse por completo, incluyendo el rostro, bajo la vigilancia de patrullas religiosas que imponen castigos físicos, detenciones o humillaciones públicas si consideran algún incumplimiento por su parte.


Esto lleva a una crisis económica devastadora, debido a que muchas familias dependen de ayuda externa o humanitaria, pero incluso ahí las restricciones afectan directamente a las mujeres, porque tampoco pueden trabajar en buena parte de los programas de asistencia. Las viudas y madres solteras son las más vulnerables a causa de las normas talibanas; sin derecho a empleo, sin libertad de movimiento y sin protección legal, viven en condiciones de extrema precariedad por los obstáculos para generar ingresos. El resultado, por tanto, es un sistema donde las mujeres han sido reducidas a la invisibilidad; sin educación, sin autonomía económica, sin presencia en la calle, sin participación social y sin libertad de decisión. Afganistán funciona bajo una lógica que convierte a la mujer en un sujeto sin derechos, relegado al interior del hogar y sometido a la autoridad masculina en cada aspecto de su vida.


Mujeres afganas sostienen pancartas mientras marchan para protestar por sus derechos, en Kabul el 29 de abril de 2023. / Amnistía Internacional.


Aún así, esta situación sociopolítica se construyó en base de un país que se mantuvo más de cuarenta años en un cúmulo de guerras, invasiones y Gobiernos incapaces de gestionar el desbordamiento de un Estado que sangraba por todas partes.


El país comenzó a quebrarse en 1979, cuando la invasión soviética convirtió sus montañas y sus ciudades en un campo de batalla interminable, es decir, una guerra de resistencia profundamente islamizada. Cuando los soviéticos se retiraron, lejos de llegar la estabilidad, Afganistán cayó en manos de facciones enfrentadas que gobernaban con corrupción, violencia y una ausencia de instituciones capaces de proteger a la población.


En ese caos, a mediados de los años noventa, surgió un movimiento que prometía orden. Jóvenes formados en madrasas (escuelas religiosas islámicas) de Pakistán, fortalecidos por la guerra y convencidos de que el país solo podía salvarse imponiendo una moral rígida. Se hacían llamar los talibanes y, en apenas dos años, avanzaron hasta tomar Kabul. En 1996, instauraron su primer Emirato Islámico y, con él, un sistema que convirtió a las mujeres en presencias silenciosas. La educación femenina desapareció, los empleos se les fueron arrebatados y la calle dejó de pertenecerles. Era una vida en la que ellas ya no eran las protagonistas, sino "la mujer de" o "la hija de", encerradas en casa, vigiladas y sin derecho a decidir nada.


No obstante, ese régimen cayó en 2001 tras la intervención internacional, pero la caída no significó un final. Fueron veinte años de una presencia occidental que reconstruyó escuelas, hospitales y derechos sobre un terreno que temblaba constantemente. Hubo avances en educación y libertades, sí, pero el Estado nunca logró sostenerse. Era frágil, corrupto y dependía de un apoyo exterior que cada vez pesaba más. Mientras tanto, los talibanes esperaban. Se reorganizaron en las zonas rurales, impusieron su moral a escondidas y recuperaron fuerza sin que el Gobierno pudiera detenerlos.


El derrumbe definitivo llegó en 2021. La retirada internacional dejó al Gobierno afgano sin defensa y el país cayó como un castillo de arena. En cuestión de semanas, los talibanes volvieron a Kabul sin encontrar resistencia. Con su regreso se cerraron, una tras otra, todas las puertas que las mujeres habían logrado abrir en veinte años. Y lo que quedó fue un país en el que ellas volvieron a ser lo que nunca deberían haber sido, la propiedad gramatical de un hombre.


Mujeres afganas esperando alimentos distribuidos por una organización humanitaria durante el Ramadán, el 13 de abril de 2023 en Kabul / WAKIL KOHSAR, AFP.


AYUDA INTERNACIONAL


La comunidad internacional observa Afganistán desde una distancia incómoda. Mira, denuncia, alerta, pero rara vez consigue mover algo dentro de un régimen que no escucha a nadie. Naciones Unidas mantiene en pie una enorme operación humanitaria que sostiene a millones de personas. Sin esa ayuda, el país estaría aún más cerca del colapso total. Las agencias distribuyen alimentos, medicinas y apoyo básico, pero trabajan bajo restricciones constantes y con la imposibilidad de emplear a mujeres en muchos de sus programas. Es un salvavidas que contiene la caída, pero que no impide que el fondo esté cada vez más cerca.


Organizaciones como ACNUR, UNICEF o UN Women intentan proteger a niñas y madres que han quedado completamente solas, aunque lo hacen siempre al borde del cierre, negociando día a día para poder permanecer en el país. La Unión Europea mantiene sanciones selectivas y financia proyectos a través de ONG locales para evitar legitimar al régimen. En los informes oficiales se habla de compromiso, de cooperación y de esfuerzos sostenidos, pero dentro de Afganistán eso apenas se traduce en pequeños espacios de alivio en medio de una realidad que sigue siendo asfixiante.


También están las organizaciones de derechos humanos, que publican informes detallando detenciones arbitrarias, torturas y desapariciones de activistas. Sus denuncias recorren el mundo, se citan en debates políticos, aparecen en titulares, pero no logran modificar la posición del Emirato, que gobierna como si el exterior existiera solo para recordarle que no piensa cambiar nada.


La ayuda internacional sostiene a la población, pero no altera la estructura de poder que mantiene a las mujeres en una situación de invisibilidad total. Es un esfuerzo que salva vidas, sí, pero que convive con la frustración de no poder transformar aquello que causa el sufrimiento. Un parche sobre una herida que no deja de abrirse. El problema es que ninguna de estas medidas tiene fuerza real sobre el poder talibán. La comunidad internacional alivia el sufrimiento, pero no modifica el sistema.

LAS VOCES DE LAS QUE NO TIENEN VOZ

"Antes trabajaba, estudiaba, tenía colegas. Ahora, legalmente, casi no existo."

Detrás de cada prohibición hay una vida que se rompe y miles que se apagan en silencio. La ONU calcula que más de dos millones y medio de adolescentes han sido expulsadas de las escuelas desde 2021. Una jurista afgana lo explicaba en una entrevista con una frase que lo resume todo. “Antes trabajaba, estudiaba, tenía colegas. Ahora, legalmente, casi no existo”, dijo sin levantar la voz para BBC, como si la derrota ya no le sorprendiera.


“Es como vivir en una cárcel sin barrotes. La casa es la celda y la llave la tiene un hombre.”

En los informes de Women for Women International habló otra mujer, una entre miles, que describe su día a día con una imagen que no necesita explicación. “Es como vivir en una cárcel sin barrotes. La casa es la celda y la llave la tiene un hombre.” No hablaba en abstracto. Hablaba de su vida cotidiana, de su forma de respirar.


"Lo peor no es el miedo a morir, sino el miedo a que el mundo se acostumbre a vernos así".

El periodismo también sobrevive a través de susurros. Más de ochenta por ciento de las periodistas han perdido su trabajo desde el regreso del Emirato. Las que siguen escribiendo lo hacen desde el anonimato. Una de ellas contaba que informa escondida bajo un burka que la convierte en un punto ciego en la calle y en un blanco fácil si alguien sospecha de ella. “Lo peor no es el miedo a morir. Es el miedo a que el mundo se acostumbre a vernos así", dijo sin que la voz le temblara. 


Y están las jóvenes que siguen aprendiendo en secreto, que estudian en salones ajenos, con las cortinas cerradas y los cuadernos escondidos, porque leer se ha convertido en un acto clandestino. UNICEF estima que solo una de cada diez niñas tiene acceso a algún tipo de formación, aunque sea informal. Entre ellas, también hay voces que la represión no ha conseguido apagar. Una activista expulsada de la Universidad y perseguida tras manifestarse en Kabul lo decía con una claridad que atraviesa cualquier frontera. “Nos han borrado de la vida pública, pero seguimos existiendo. Y seguimos resistiendo.” Son frases distintas, mujeres distintas, pero todas cuentan lo mismo. Ese es el mapa humano de un país que intenta apagar todas las voces femeninas. Y aun así, ellas encuentran la manera de seguir hablando, aunque sea desde la sombra.


Mujeres y hombres de Afganistán separados en una clase universitaria en la capital en 2021. / Reuters.


Lo que ocurre en Afganistán no es un accidente ni un daño colateral de la guerra, ni un exceso religioso aislado, sino un proyecto de Estado que tiene como consecuencia que la figura de la mujer deba ser invisible, silenciosa y obediente. En apenas unos años, el país ha pasado de un futuro frágil sostenible, a una vida donde la mitad de la población ha sido eliminada de la calle, de las aulas y de la opinión pública. Lo más peligroso no es solo lo que ya les han quitado, sino lo que el mundo empieza a aceptarlo como algo inevitable.


Las mujeres afganas continúan existiendo en un lugar que intenta negar su existencia. Y no solo las afganas, sino también las iraníes, pakistaníes, yemeníes o sudanesas, que también son protagonistas del mismo escenario. Lo hacen desde el interior de sus casas, desde clases clandestinas, teléfonos que se borran al segundo y un silencio que a veces pesa más que el miedo. Sus voces siguen ahí, aunque el régimen intente apagarlas y aunque la comunidad internacional, por mucho que denuncie, apenas consiga mover las paredes de un sistema que no piensa ceder.


La pregunta no es cuánto tiempo podrán resistir ellas. La pregunta es cuánto tiempo más soportará el mundo la comodidad de mirar hacia otro lado. Porque lo que ocurre en Afganistán y otras partes del mundo, no es un asunto interno, no es una cuestión cultural y no es una realidad ajena. Es la prueba viviente de hasta dónde puede llegar un Estado cuando decide que la identidad femenina se sustenta por la masculina. La mera existencia de una mujer se basa en los nombres masculinos de los que las rodean.

 
 
 

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