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El oro del conflicto: la influencia financiera de Emiratos Árabes Unidos en Sudán

  • 23 nov 2025
  • 6 min de lectura

José Antonio Sánchez Sebastián


Las Rapid Support Forces (RSF), o en español, las Fuerzas de Apoyo Rápido, son un grupo paramilitar que ha pasado de ser un instrumento de contrainsurgencia en Darfur a convertirse en uno de los actores armados más poderosos y temidos del país.


Su líder, Mohamed Hamdan Dagalo, conocido como Hemedti, construyó una estructura de poder paralela al ejército nacional, basada en la fuerza, la lealtad tribal y. sobre todo, en los recursos económicos que controlan (Minas de oro). Bajo el régimen de Omar al-Bashir (expresidente de Sudán 1989-2013), estas fuerzas se fueron institucionalizando, utilizando estas para mantener el control interno y contener amenazas rebeldes. Tras la caída del dictador Omar, las RSF aprovecharon el vacío político para consolidar su autonomía económica y militar, convirtiéndose en uno de los actores más relevantes de la actual guerra civil sudanesa.


¿Y por qué es importante el financiamiento externo?


El apoyo extranjero, ya sea directo o indirecto, no solo ha permitido a las RSF resistir y expandirse, sino que también ha internacionalizado el conflicto. En el contexto de Sudán, donde los recursos son tan limitados y las condiciones de vida son de las más bajas del continente, el dinero foráneo se convierte en poder político y militar.


Actores como Emiratos Árabes Unidos, al proporcionar respaldo financiero, influyen de manera determinante en el equilibrio de fuerzas sobre el terreno. Aquí el problema es el financiamiento de las RSF, que no es un simple asunto económico, sino una cuestión de soberanía, legitimidad y geopolítica regional. Es decir, en países como Sudán, en el que las vetas de oro son abundantes las disputas por ellas también lo serán.


Por otro lado, el origen de las RSF comienza durante el conflicto de Darfur, una de las guerras más devastadoras del continente. Omar al-Bashir recurrió a milicias árabes conocidas como los Janjaweed para sofocar las rebeliones en la región. Estas milicias responsables de numerosas atrocidades prometieron combatir contra el gobierno de Jartum hasta "el día del Juicio Final", y trataron de negociar un acuerdo con los rebeldes de Darfur. Aunque pareciese una fuerza de seguridad sudanesa, su lógica interna siempre fue más empresarial y tribal, priorizando los resultados militares por encima del pueblo.


Tras la caída de al-Bashir en 2019, el conflicto interno sudanes se entrelazó con la rivalidad de potencias regionales. Mientras Egipto apoyaba al ejército regular (SAF) por defender la estabilidad de su frontera sur, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita comenzaron a tejer relaciones con Mohamed Hamdan Dagalo, cegados por su control del oro y por la posibilidad de contar con combatientes experimentados para sus intervenciones en Yemen.


Al mismo tiempo, Rusia también se acercó a través del llamado Wagner Group, actualmente llamada “African Corps”, con interés en la extracción de oro y el acceso estratégico al Mar Rojo.


Con el estallido de la guerra civil sudanesa en abril de 2023, la situación empeoró, generando un conflicto movido por intereses internacionales, sobre todo por el oro. Emiratos Arabes Unidos, acusado por informes de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) de facilitar armamento y financiamiento, a través de Chad o Libia, se posicionó como un actor clave en la prolongación del conflicto. Egipto, en cambio, reforzó su apoyo al ejército regular (SAF), temeroso de un Sudán fragmentado o dominado por una milicia respaldada por el Golfo.


El poder de las Rapid Support Forces no se sostiene únicamente por su capacidad militar, sino por una arquitectura financiera compleja, tejida en el desierto de Darfur. La supervivencia y el éxito de estas fuerzas armadas depende tanto de los fusiles como del flujo constante de recursos procedentes del oro y apoyo exterior. Este apoyo se ha diversificado a través de medidas ilícitas de financiamiento, empresas y apoyo logístico y militar extranjero.


Desde 2017, las RSF controlan las principales minas de oro en Jebel Amer, en la región de Darfur Norte, una de las zonas más ricas del país. Según el Panel de Expertos de la ONU sobre Sudán (2023), aproximadamente el 80% del oro sudanés se exporta de forma ilegal, y la mayoría termina en Emiratos Árabes Unidos.


Un informe de Reuters (junio de 2023) estimó que EAU importó 16 toneladas de oro procedente de Sudán solo en 2022, gran parte sin pasar por los canales oficiales del Banco Central sudanés. Estas exportaciones generan cientos de millones de dólares en ingresos paralelos, de los cuales una porción significativa acaba en manos de las RSF, que usan compañías y socios comerciales para mover el dinero.


El apoyo también es a través de un militar extranjero. Aunque EAU niega cualquier apoyo militar directo, varios informes de The Wall Street Journal (2023) y del Panel de la ONU documentan envíos de drones, vehículos blindados y asistencia logística a las RSF a través de Chad y Libia.


En julio de 2023, un informe del The New York Times reveló que aviones de carga procedentes de EAU aterrizaron regularmente en la ciudad chadiana de Amd Jarass, transportando material presuntamente destinado a las RSF. Estos suministros han sido esenciales para mantener el control de zonas estratégicas en Jartum y Darfur, pese a los esfuerzos del ejército por bloquear sus rutas de abastecimiento.


El oro se ha convertido en la puerta de entrada del financiamiento extranjero. En Dubai, donde las regulaciones sobre el origen del oro son flexibles, los cargamentos sudaneses se mezclan fácilmente con otros procedentes de África Central. Según la ONU, el oro sudanés equivale a más del 40% de las exportaciones oficiales del país, pero el doble si se cuentan las operaciones ilegales. Esto genera un sistema en el que EAU se beneficia de un suministro constante de oro barato e ilegalmente explotado, mientras las RSF obtienen liquidez inmediata para financiar armas, reclutar combatientes y comprar lealtades locales.


Ruta de los aviones enviados desde Emiratos Árabes Unidos con destino final-Sudán


Este financiamiento externo de las Rapid Support Forces no solo ha transformado la dinámica interna del conflicto sudanes, sino que ha alterado el equilibrio de poder en toda la región del Cuerno de África y el Mar Rojo. Para tener una idea, detrás del envío de cada avión por parte de los EAU se multiplican las consecuencias humanas, políticas y estratégicas de una guerra que se ha vuelto tan rentable como interminable.


Las consecuencias humanas son notables; según Naciones Unidas (OCHA, octubre de 2024), más de 10 millones de personas han sido desplazadas, convirtiendo a Sudán en la peor crisis de desplazamiento interno del mundo actual. Las RSF han sido acusadas de masacres étnicas en Darfur Occidental, saqueos sistemáticos y violencia sexual contra civiles, crímenes facilitados por su capacidad de financiar y movilizar tropas a gran escala. Sin la inyección constante de recursos externos, estas operaciones serían difícilmente sostenibles. En este sentido, el financiamiento extranjero se traduce directamente en sufrimiento humano.


No solo las consecuencias humanas sino el conflicto se está traduciendo en una erosión del Estado sudanes. El control de las RSF de los ingresos del oro y del comercio ilícito ha debilitado las instituciones sudanesas, fragmentando aún más el país. La guerra ya no enfrenta a un Estado contra una milicia, sino a dos centros de poder con legitimidades en conflicto: El ejército regular (SAF), respaldado por Egipto, y las RSF, con conexiones económicas y diplomáticas externas. Esto amenaza con consolidar un modelo de “Warlords”, donde el territorio y los recursos se distribuyen entre facciones armadas sostenidas por alianzas internacionales, en lugar de por un gobierno central. Un conflicto que si no llega a un acuerdo en los siguientes años se podría vivir la fragmentación de un Estado ya fragmentado, en múltiples naciones cada una con su líder militar.


Y este conflicto solo empeora la situación actual del Sahel, causando un efecto dominó en el África nororiental: Chad y Sudán del Sur enfrentan flujos masivos de refugiados y el riesgo de desbordamiento del conflicto.


Mientras tanto, Egipto observa con preocupación la expansión de las RSF hacia el norte, mientras Etiopía y Eritrea vigilan la posibilidad de una reconfiguración de fronteras informales. En este contexto, el Mar Rojo, vital para el comercio mundial, se ha convertido en un espacio de competencia entre potencias del Golfo y actores globales como Rusia o China.


El apoyo financiero de EAU a las RSF, por tanto, no solo tiene impacto local: redibuja el mapa estratégico del continente, ampliando la influencia de las monarquías del Golfo sobre África Oriental.


Con esto, podemos sacar algunas conclusiones; El conflicto en Sudán demuestra que las guerras contemporáneas ya no se sostienen solo con ideologías o armas, sino con redes financieras globales capaces de prolongar las casualidades bajo el falso manto de un financiamiento neutro. El financiamiento de las Rapid Support Forces (RSF) por parte de Emiratos Árabes Unidos no es un episodio aislado, sino el reflejo de una tendencia más amplia: la privatización de la guerra y la diplomacia del oro.


Sudán se ha convertido así en un nudo geopolítico, donde el dinero decide la duración de la guerra y la impunidad marca la pauta internacional. En un mundo donde los flujos financieros pueden sostener o destruir países enteros, la pregunta ya no es quién dispara, sino quién paga por las balas


 
 
 

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