COP30 en Belém: Entre la urgencia climática y las promesas que siguen pendientes
- 22 nov 2025
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Sofía Pizarro Muñoz
La COP30 llegó a Belém cargada de expectativas. No era una cumbre más: era la primera celebrada en pleno corazón de la Amazonía, el mayor pulmón verde del planeta, un territorio que simboliza tanto la crisis climática como la resistencia frente a ella. Los países acudieron con un mensaje claro de la comunidad científica: el tiempo para mantener vivo el objetivo de 1,5°C se está agotando. Sin embargo, la gran pregunta persiste: ¿ha servido esta cumbre para cambiar algo?

Sara Aagesen, vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, en la COP30. / IISD/ENB, Mike Muzurakis.
Reunirse en la Amazonía fue un recordatorio tangible de que la crisis climática no es un concepto abstracto, sino que es deforestación, incendios, desplazamientos, pérdida de biodiversidad y vulnerabilidad extrema. Belém se convirtió en un espejo incómodo para los países que continúan sin ajustar sus políticas al ritmo que exige la ciencia. La elección del lugar también buscó dar más voz a las comunidades indígenas, históricamente marginadas en estas negociaciones, cuya presencia fue visible y cuyo mensaje fue contundente: Proteger la Amazonía no es un gesto simbólico, sino una condición de supervivencia.
Como en cumbres anteriores, el debate sobre petróleo, gas y carbón marcó el pulso político. Más de ochenta países impulsaron una hoja de ruta global para marcar el principio del fin de los combustibles fósiles, pero no se logró consenso. El resultado fue un reconocimiento de la necesidad de abandonar los fósiles, pero sin fechas vinculantes, aplazando nuevamente el gran acuerdo histórico. Al mismo tiempo, las inundaciones, los incendios extremos, tormentas y sequías ya son una realidad, y la COP30 subrayó que adaptarse al cambio climático es tan urgente como reducir emisiones.
Se discutieron infraestructuras resilientes y mecanismos de medición de avances, aunque muchas propuestas chocaron con la falta de recursos concretos. El dinero sigue siendo un punto de fricción. Los países más vulnerables reclamaron financiación clara, suficiente y predecible. Aunque el mecanismo de “pérdidas y daños” avanzó, no se asignaron los fondos necesarios para enfrentar impactos irreversibles del calentamiento global.
La cumbre reforzó, además, la idea de que no hay política climática sin política territorial. La protección de bosques, turberas y manglares estuvo en el corazón del debate, y las comunidades indígenas exigieron derechos territoriales y participación real. La justicia climática, sobre quién causa el problema y quién paga las consecuencias, sigue dividiendo a Norte y Sur. Varios países llegaron con nuevas metas de reducción de emisiones, pero la evaluación global muestra que los esfuerzos siguen lejos de lo necesario para mantener el objetivo de 1,5°C. La falta de implementación y mecanismos de control sólidos limita el impacto de estos compromisos.
Entre los avances, la COP30 elevó la importancia de la Amazonía y de la naturaleza como ejes centrales de la acción climática, dio mayor protagonismo a ciudades y comunidades locales, y consolidó el debate sobre la eliminación progresiva de los combustibles fósiles. Sin embargo, no se logró una hoja de ruta global para abandonar los fósiles, la financiación climática sigue siendo insuficiente y las demandas de los países vulnerables quedaron en gran parte sin respuesta concreta.
La presidencia brasileña presentó un borrador que eliminaba cualquier mención a los combustibles fósiles, lo que provocó un choque internacional. Mientras al menos 36 países —incluidos España, Alemania, Francia, Reino Unido, México y varias naciones insulares— exigían un compromiso claro para una transición justa y ordenada fuera de los fósiles, países productores como Arabia Saudí, junto con otros miembros del Grupo Árabe, así como grandes consumidores como India y Rusia, bloquearon o presionaron para que se eliminaran esas referencias, argumentando que mencionarlas podría afectar gravemente sus economías. Esto dejó patente la tensión entre los países que buscan avanzar hacia la eliminación de los combustibles fósiles y aquellos que priorizan proteger sus intereses económicos, evidenciando que, pese a los avances simbólicos y políticos, la implementación concreta de compromisos sigue siendo el gran desafío de la COP30.
España, junto con otros 35 países, expresó su rechazo al borrador al considerarlo “inaceptable” por eliminar cualquier mención para abandonar los combustibles fósiles. En una carta dirigida a la presidencia de la COP30, estos países señalaron que la propuesta no cumple con las condiciones mínimas para un acuerdo creíble y que supone un retroceso en la acción climática. Según Climática, la versión anterior del borrador incluía compromisos como desarrollar hojas de ruta para superar los fósiles y triplicar la financiación pública para adaptación hasta 2030, pero estos elementos desaparecieron en el texto más reciente, intensificando la tensión entre los países que presionan por la transición energética y aquellos que buscan proteger sus intereses económicos. Para España y sus aliados, esta omisión convierte al borrador en una oportunidad perdida y refuerza la percepción de que la COP30 aún no logra traducir la ambición política en compromisos concretos y verificables.
La COP30 no será recordada como la cumbre del gran acuerdo climático definitivo, pero sí como la que dejó claro que el margen se está agotando. El mundo entra en una fase donde ya no basta con prometer, hay que ejecutar. La crisis climática se negocia sobre territorios, vidas y ecosistemas que no pueden esperar. Ahora, el reto está en lo que ocurra después, si los compromisos asumidos en la Amazonía se toman en serio o si el planeta seguirá dependiendo de promesas que el tiempo no perdona.




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