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Borrón y cuenta nueva: La aceptación internacional de Ahmed al-Sharaa

  • 28 nov 2025
  • 8 min de lectura

José Enrique Cuéllar Soriano


Tom Barrack se reúne con Ahmed al-Sharaa en Damasco, Siria, mayo de 2025 / Embajada de EE. UU. en Turquía, Wikimedia Commons.


Ahmed al-Sharaa, antes conocido como Abu Mohammed al-Julani, es ahora la figura central del nuevo mapa político sirio. Tras liderar la ofensiva que derrocó al régimen de Bashar al-Assad, ha comenzado a recibir gestos diplomáticos y reconocimientos que pocos imaginaron para alguien con pasado señalado por sanciones internacionales. Pero, ¿significa eso un borrón y cuenta nueva? En este artículo exploro cómo se construye esa aceptación y cuáles son sus límites.


En diciembre de 2024, una ofensiva coordinada encabezada por Hayat Tahrir al-Sham (HTS) y sus aliados insurgentes logró capturar Damasco y precipitar la caída del régimen de Assad, abriendo un nuevo capítulo en la guerra civil siria. Al frente de esa operación estaba Ahmed al-Sharaa, quien hasta entonces era más conocido por su alias miliciano Abu Mohammed al-Julani. Desde entonces, ha buscado reconfigurar su imagen: ha lanzado discursos de unidad nacional, reclamando el levantamiento de sanciones internacionales y encarando gestos diplomáticos con Estados Unidos, potencias árabes y organismos multilaterales.


Este artículo parte de la hipótesis de que su aceptación internacional no representa una absolución ni olvido de responsabilidad, sino un acto pragmático de estabilización regional. 


¿Quién es Ahmed al-Sharaa (Abu Mohammed al-Julani)?


Ahmed Hussein al-Sharaa nació en 1982 en Riad, Arabia Saudí, hijo de un ingeniero sirio empleado en la industria petrolera. Su familia regresó a Damasco en 1989, cuando él era niño. Estudió en instituciones religiosas locales y más tarde cursó estudios islámicos, sin concluirlos, en la Universidad de Damasco.

Tras la invasión estadounidense de Irak en 2003, viajó clandestinamente a ese país, uniéndose a la insurgencia suní.


Según registros de inteligencia estadounidenses y del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), fue detenido en 2006 y permaneció recluido hasta 2011 en la prisión de Camp Bucca, donde coincidió con varios líderes que más tarde formarían parte del Estado Islámico.


Al regresar a Siria en los primeros meses de la revuelta contra Bashar al-Assad, fundó junto a otros veteranos iraquíes la rama siria de Al-Qaeda: Jabhat al-Nusra. En 2012, la organización comenzó una rápida expansión en el norte del país, ganando notoriedad por su disciplina militar y por el control de recursos básicos en zonas donde el Estado había colapsado. El nombre de guerra, al-Julani “el del Golán”, lo adoptó en honor a la región siria ocupada por Israel desde 1967, símbolo de resistencia nacional.


Entre 2012 y 2015, al-Julani se convirtió en una figura temida y a la vez respetada en círculos insurgentes: fue capaz de mantener la cohesión interna frente al Estado Islámico y de proyectar la imagen de un líder calculador, más político que carismático. En julio de 2016, anunció en un comunicado televisado la disolución formal de Jabhat al-Nusra y la creación de Jabhat Fateh al-Sham (JFS), asegurando haber “cortado vínculos externos” con Al-Qaeda. Un año después, unificó a varios grupos rebeldes bajo la denominación Hayat Tahrir al-Sham (HTS), con él como comandante general.


Abu Mohammad al-Jolani anuncia la escisión de Al-Qaeda, 29 de julio de 2016 / Al Jazeera (captura de vídeo).


Desde entonces, HTS controló la mayor parte de la provincia de Idlib, bastión opositor y último enclave fuera del dominio del gobierno sirio antes de 2024.


De milicia a proto-Estado: la mutación de HTS


A diferencia de otros grupos insurgentes de corte yihadista, HTS construyó con los años una estructura administrativa compleja: tribunales islámicos, policía religiosa, sistemas de recaudación fiscal, escuelas y hospitales.


En 2017 creó el Gobierno de Salvación Sirio (Syrian Salvation Government), con ministerios de economía, educación, justicia y defensa. Si bien mantenía un ideario islámico conservador, el aparato civil de HTS comenzó a atraer a tecnócratas y profesionales locales cansados del caos bélico.


Este proceso, según analistas como Charles Lister, forma parte de una estrategia de “normalización paulatina”: HTS ha tratado de reemplazar la etiqueta terrorista por la de autoridad local eficiente. A partir de 2020, al-Julani ha concedido entrevistas a medios internacionales (como PBS y otros) en las que busca proyectarse como un líder con un papel más nacionalista, centrado en el conflicto sirio, mostrando un discurso menos globalista y menos explícitamente yihadista.


Abu Mohammad al-Jolani en entrevista con PBS en 2021. / FRONTLINE.


Pese a su esfuerzo de rebranding, las denuncias de violaciones a los derechos humanos en Idlib persistieron: arrestos arbitrarios, represión de manifestantes y censura de periodistas. Aun así, HTS logró mantener un nivel básico de orden en la región, algo que ni Damasco ni los grupos rivales pudieron garantizar. Ese orden sería su principal carta de presentación ante la comunidad internacional cuando el régimen de Assad comenzó a desmoronarse.


La caída del régimen y el ascenso político (2024 – 2025)


El colapso del gobierno de Bashar al-Assad se precipitó en diciembre de 2024, tras meses de sanciones económicas paralizantes, escasez de combustible y protestas en Damasco y Homs. El ejército regular, exhausto y fragmentado, apenas resistió la ofensiva conjunta de HTS, facciones del antiguo Ejército Libre Sirio y milicias tribales del sur. El 7 de diciembre, las fuerzas de HTS entraron en la capital. Dos días después, al-Julani pronunció un discurso en la mezquita de los Omeyas declarando que “una nueva historia se escribe hoy para Siria”.


Abu Mohammad al-Julani pronuncia un discurso en la mezquita de los Omeyas en Damasco tras la caída del régimen de Bashar al-Assad, 8 de diciembre de 2024 / Mahmoud Hassano / Reuters / Al Jazeera


Poco después, reapareció utilizando su nombre civil “Ahmed al-Sharaa" como gesto de distanciamiento simbólico del pasado insurgente. El 8 de enero de 2025, una asamblea interina de líderes locales, representantes tribales y figuras religiosas lo nombró Presidente del Consejo de Transición Nacional, con mandato de un año para redactar una constitución y organizar elecciones.


El nuevo ejecutivo provisional, establecido en Damasco, integró por primera vez a tecnócratas independientes, antiguos funcionarios del régimen y miembros de facciones opositoras moderadas. Ese eclecticismo buscaba transmitir la imagen de unidad y moderación, requisitos indispensables para conseguir el levantamiento de sanciones y la apertura de canales humanitarios. La comunidad internacional recibió el cambio con cautela.


Rusia (principal aliado de Assad) evacuó  a sus asesores militares y anunció “una retirada técnica” sin oponer resistencia. Retirada que hasta la fecha no se ha hecho totalmente efectiva, y cuyas dos bases se ciernen sobre un futuro incierto. Turquía, que mantenía influencia en Idlib, fue el primer país en reconocer de facto al gobierno transitorio, calificando la ofensiva como “un paso hacia la reconciliación nacional siria”. Poco después, Catar y Jordania enviaron delegaciones diplomáticas a Damasco.


En Occidente, el viraje fue más lento:

  • Estados Unidos mantuvo oficialmente a HTS en la lista de organizaciones sancionadas, pero en febrero de 2025 el Departamento de Estado anunció la retirada de la recompensa de 10 millones de dólares ofrecida por la captura de al-Julani, “en consideración de los cambios observados en el terreno y de la nueva fase política siria”.

  • La Unión Europea abrió un canal técnico de diálogo humanitario para coordinar la entrada de ayuda al país.

  • La ONU reconoció al Consejo de Transición como “autoridad efectiva de facto”, permitiendo que Siria recuperara su asiento, ocupado simbólicamente por un delegado designado por el nuevo gobierno.


Sin embargo, ninguno de estos gestos equivalió a una rehabilitación legal total: Las sanciones del Comité 1267/1989/2253 del Consejo de Seguridad de la ONU siguen vigentes, y la ficha de Abu Mohammed al-Jawlani (Ahmed al-Sharaa) continúa activa bajo el código QDi.317, aunque diplomáticos árabes han sugerido que podría revisarse su estatus en el futuro si se consolida la transición política en Siria.


El discurso del perdón: de líder insurgente a estadista



El 24 de septiembre de 2025, Ahmed al-Sharaa se presentó ante la Asamblea General de la ONU.


Ahmed al-Sharaa pronuncia un discurso ante la Asamblea General de la ONU, 24 de septiembre de 2025 / Al Jazeera


Su discurso, transmitido en directo a nivel global, fue cuidadosamente calculado:

  • Agradeció a los países que habían ayudado en la transición, reconoció “errores del pasado” sin especificarlos y pidió el levantamiento de todas las sanciones impuestas a Siria y a sus dirigentes. Afirmó que su gobierno “no busca venganza sino reconstrucción” y que el nuevo Estado sirio sería “un modelo de convivencia, independencia y cooperación internacional”.Sus palabras fueron recibidas con aplausos tibios y reservas explícitas:

  • Francia y Alemania insistieron en que “el fin de las sanciones solo será posible con mecanismos verificables de justicia y rendición de cuentas”.


En los pasillos de Naciones Unidas, diplomáticos veteranos comparaban la escena con la de Yasser Arafat en 1974 o con los acuerdos de paz de Irlanda del Norte: líderes armados transformados en actores políticos por la fuerza de los hechos. A día de hoy, la situación jurídica de Ahmed al-Sharaa se mueve entre la ambigüedad y la conveniencia política. El levantamiento de la recompensa estadounidense no borra las sanciones del Tesoro ni las resoluciones de la ONU.


Para que desaparezcan, haría falta un consenso de los quince miembros del Consejo de Seguridad, algo improbable mientras persistan las denuncias de abusos en Idlib y Damasco. El Comité 1267 dispone de un procedimiento formal para excluir nombres, pero exige “pruebas de desvinculación completa de actividades terroristas y de respeto a las resoluciones de la ONU”. HTS, aunque ha emprendido transformaciones institucionales y político-estratégicas, sigue manteniendo una estructura armada autónoma en los territorios que controla, lo que complica cualquier exoneración total. Aun así, la realpolitik se impone: ningún país desea un vacío de poder en Siria ni la reaparición del Estado Islámico en el desierto oriental.


Por eso, el statu quo actual (diálogo controlado sin reconocimiento pleno) beneficia a todos. El “borrón y cuenta nueva” es, en el fondo, una amnistía tácita condicionada por la necesidad. Dos años después de la caída del régimen de Bashar al-Assad, Siria parece haber alcanzado una calma que se confunde con tregua más que con paz. Ahmed al-Sharaa (el hombre que durante años fue sinónimo de insurgencia, sanciones y guerra) se presenta hoy como arquitecto de la reconstrucción: preside reuniones diplomáticas, recibe delegaciones internacionales y promete reconciliación mientras exige orden y estabilidad en un país que lleva más de una década sobreviviendo entre ruinas. Su ascenso simboliza una era en la que el pragmatismo político ha desplazado a la ética internacional: nadie ignora su pasado, pero todos calculan su utilidad presente.


Los mismos gobiernos que antes lo consideraban un terrorista hoy lo tratan como interlocutor inevitable, dispuestos a intercambiar memoria por estabilidad, olvido por seguridad. Turquía asegura sus fronteras; Rusia mantiene sus bases; los países árabes recuperan influencia; Occidente evita un flujo migratorio masivo. Siria, después de más de quinientas mil muertes y millones de desplazados, se convierte en un tablero donde la paz se compra con pragmatismo y la justicia transicional avanza solo a pasos controlados, bajo el propio control del gobierno de al-Sharaa. Las víctimas esperan todavía investigaciones y reparaciones; las minorías reclaman garantías de protección; los exiliados, la posibilidad de regresar sin temor. Sin embargo, en los mercados, los niños y jóvenes crecen aprendiendo un nuevo himno, y la vida cotidiana se abre paso entre murales y escombros, como un recordatorio de que la normalidad se impone a la memoria.


El mundo observa con ambigüedad: para algunos, el ascenso de al-Sharaa representa un modelo de “reintegración controlada” de actores armados, semejante a los procesos de Irlanda del Norte o Colombia; para otros, un precedente peligroso que pone en entredicho la credibilidad de la justicia internacional. En Damasco reconstruida, los murales con su rostro se mezclan con las cicatrices de la guerra, y en cada discurso oficial, al-Sharaa repite que “la reconstrucción requiere mirar hacia adelante”, evitando la precisión sobre un pasado de crímenes, desapariciones y ejecuciones sumarias.


En esta ecuación de poder y memoria, Siria ha elegido aceptar al hombre que encarna tanto la sombra como la esperanza de su reconstrucción. El “borrón y cuenta nueva” no significa reconciliación completa, sino un pacto tácito: paz a cambio de olvido, estabilidad a cambio de silencio. La legitimidad de al-Sharaa se mide menos en tribunales internacionales que en la aceptación pragmática de la comunidad global y de su propio pueblo. Y, para cerrar, como sentencia final que resume la complejidad de esta aceptación, quisiera citar la famosa cita de Cordell Hull (secretario de Roosevelt), pero adaptada al presente artículo: “Ahmed al-Sharaa puede ser un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.”


 
 
 

1 comentario


Alberto Nanclares Ijalba
Alberto Nanclares Ijalba
04 dic 2025

👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻 Pedazo de artículo!!¡ (Aunque ya me sabía la beta jeje) Sobre todo el final 👌🏻


Para añadir surrealismo, me gusta recordar que está comprobado que mientras todo esto pasa, el otro gran criminal de guerra de esta historia, al-Assad, pasa la mayor parte de su tiempo en Moscú viciándose al Fortnite

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